Cuánto llegamos a esperar de tan poco

Cuánto llegamos a esperar de tan poco. Pero nos aferramos a ello porque era nuestra única opción o, al menos, la última que había llegado hasta nosotros y se mostraba como definitiva. 

Pasó ante nosotros sin poderlo evitar, se desvaneció antes de parpadear. Y, sin embargo, rompió con todo su peso nuestras columnas. Fue una pequeña esperanza sin frutos. Aquella llamada zanjó la cuestión: ya no había nada que esperar. 

Fotografía: Ingrid Ribas

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