Así se escribe la historia

Hace tiempo que ando dando vueltas a cómo se escribe en historia que es casi lo mismo que decir cómo se escribe la historia. Tras una etapa positivista en la que se consideró que la historia podía recuperarse tal y como sucedió, se recuperó el concepto de narración. Con la narración viene también la interpretación, puesto que hay que seleccionar desde dónde y hasta dónde se elige narrar. Para ello hay que buscar qué hechos se consideran significativos, teniendo en cuenta generalmente sus repercusiones. Sin embargo, tal y como Danto insiste, no hay que aventurarse a narrar hechos como significativos cuando todavía no han culminado. A veces, resulta inevitable y, por eso, necesitamos volver a narrar la historia una y otra vez. 

Eso en la Historia, con mayúscula, por supuesto. Pero también en nuestra historia. Ha sido, una vez más, un escritor el que me ha abierto los ojos. He disfrutado mucho leyendo Cómo se hace una novela de Miguel de Unamuno. Y se preguntarán, ¿cómo se hace una novela o la historia o cualquier cosa? Viviéndola, así de sencillo y complicado a la vez. Vivir nuestra historia además es formar parte de una todavía aún mayor que se entrelaza con la del mundo y con la del resto de personas. En concreto, Unamuno alude mucho a la historia de España y a sus desavenencias políticas -digámoslo así-. Me he divertido también pensando en qué diría de los históricos momentos que (parece) no dejamos de vivir. 

Vivir la vida, eso es, en definitiva, lo que merece la pena vivir. Pero, leer también ayuda:
¡Vivir en la historia y vivir la historia! Y un modo de vivir la historia es contarla, crearla en libros. Tal historiador, poeta por su manera de contar, de crear, de inventar un suceso que los hombres creían que se había verificado objetivamente, fuera de sus conciencias, es decir, en la nada, ha provocado otros sucesos. Bien dicho está que ganar una batalla es hacer creer a los propios y a los ajenos, a los amigos y a los enemigos, que se la ha ganado. Hay una leyenda de la realidad que es la sustancia, la íntima realidad de la realidad misma. La esencia de un individuo y la de un pueblo es su historia, y la historia es lo que se llama la filosofía de la historia, es la reflexión que cada individuo o cada pueblo hacen de los que les sucede, de lo que se sucede en ellos. Con sucesos, sucedidos, se constituyen hechos, ideas hecha carne.

(…) Contar la vida, ¿no es acaso un modo, y tal vez el más profundo, de vivirla? ¿No vivió Amiel su vida íntima contándola? ¿No es su Diario su vida? ¿Cuándo se acabará de comprender que la acción es contemplativa y la contemplación es activa? 

Hay lo hecho y hay lo que se hace. Se llega a lo invisible de Dios por lo que está hecho -per ea quae facta sunt, según la versión latina canónica, no muy ceñida al original griego, de un pasaje de San Pablo (Romanos, I, 20)- pero ése es el camino de la naturaleza, y la naturaleza es muerta. Hay el camino de la historia, y la historia es viva; y el camino de la historia es llegar a lo invisible de Dios, a sus misterios, por lo que se está haciendo, per ea quae fiunt. No por poemas -que es la expresión precisa pauliniana-, sino por poesías; no por entendimiento, sino por intelección o mejor por intención -propiamente intensión-. (¿Por qué ya que tenemos extensión e intensidad, no hemos de tener intensión y extensidad?)
Vivo ahora y aquí mi vida contándola. Y ahora y aquí es de la actualidad, que sustenta y funde a la sucesión del tiempo así como la eternidad la envuelve y junta.


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