Política sí, políticos no


Acostumbrados a escuchar hablar de manifestaciones y reivindicaciones en Madrid, el País Vasco o Cataluña, los disturbios de Burgos han conseguido desconcertarnos. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué salen a las calles? Quizá hace unos años los ciudadanos no se hubieran atrevido a salir y reclamar de la manera que lo han hecho. Quizá hace unos años ningún político hubiera tomado en serio esas manifestaciones. Pero después de lo vivido en España a raíz del movimiento 15M las cosas ya no están tan claras. Uno de los mayores logros de este movimiento fue conseguir despertar a la sociedad civil de su letargo político.

Para ver los orígenes de la movilización social podríamos acudir hasta la Revolución francesa o los movimientos obreros. En ellos destacan grandes masas de población reclamando derechos y consiguiendo una transformación política y social. Tras ellos encontramos revueltas puntuales en torno a guerras o movimientos como Mayo del 68 que, a pesar de no conseguir un cambio político, transformaron la mentalidad ciudadana. Exceptuando el caso de Solidarność y la caída del muro de Berlín, ha habido pocos movimientos que se hayan involucrado y hayan conseguido dar un vuelco político.

La caída del bloque comunista y el auge económico fortaleció la política occidental hasta el punto de que el ciudadano no tenía por qué preocuparse. Podríamos decir que en momentos de crisis todo cambia, pero no es del todo cierto, puesto que la nueva ola de levantamiento social no ha nacido como tal en Occidente. Los movimientos sociales actuales tienen su origen en una de las regiones menos democráticas: Siria. En el documental Cómo Facebook cambió el mundo árabe puede apreciarse el comienzo de la Primavera árabe (2010) y el efecto dominó que tuvo hasta convertirse en un fenómeno global. ¿Qué tienen en común las reivindicaciones hechas en Siria y en Burgos? En apariencia nada, pero ambas reivindicaciones ponen de manifiesto la crisis de legitimación de los políticos.


En muchos casos se piensa que ha sido la gestión de la crisis económica la que ha deslegitimado a los políticos, pero también hay que tener en cuenta los escándalos de corrupción en instituciones políticas. El sentimiento de manipulación y engaño quebró el pacto democrático basado en la representación. Como se volvía a poner de manifiesto hace unos días en la última Encuesta Social Europea (EDE), los ciudadanos ya no confían en las instituciones políticas.

Sin embargo, es interesante considerar que lo que podría haber provocado un completo abandono político de la sociedad ha tenido el efecto contrario. Los ciudadanos cada vez se acercan más por la política, de modo que el interés por ella ha aumentado casi un 10% en el último año según la encuesta aludida. Además, también aumenta la asistencia a manifestaciones y la participación en organizaciones, asociaciones o incluso la afiliación a partidos políticos.

Este crecimiento en interés y participación supone un verdadero fortalecimiento de las democracias. En el último siglo las transformaciones se han acelerado y se han vuelto globales, lo cual conlleva una complejidad que ni el Estado ni la sociedad ha sido todavía capaces de asumir. Además seguimos interpretando realidades compleja con nociones demasiado simples: izquierda-derecha; republicano-liberal; Estado-ciudadano. Por eso, quizá el mayor reto ahora mismo está en cómo gestionamos la participación ciudadana en política.


El desarrollo de los medios de comunicación ha fomentado el ideal de la participación de todo el pueblo en la toma de decisiones ya sea a base de votaciones o referéndums. Sin embargo, por mucho que se disponga de la técnica no significa que ya no se necesiten mediaciones en política. Muchos expertos advierten de la manipulación a la que podría ser sometida la participación directa.

Los políticos se han dado cuenta de la necesidad de comunicar sus actuaciones, por lo que están trabajando por ser más transparentes. Sin embargo, todavía no se ha dado el paso de escuchar al ciudadano. En algunos casos no se habrá dado por falta de voluntad, pero en muchos otros casos simplemente no se sabe cómo gestionarlo.

Nunca se gobierna a gusto de todos porque no todos tienen las mismas opiniones ni intereses. Por esa razón necesitamos de cuerpos intermedios que racionalicen estas diversidades y dialoguen con las instituciones políticas. Es cierto que es difícil llevarlo a cabo cuando estamos hablando a nivel nacional, pero quizá resulta más asequible en localidades pequeñas o comunidades de vecinos. El barrio de Gamonal representa no solo el cambio de mentalidad sino que es una muestra del poder que puede llegar a tener la participación ciudadana. En cualquier caso, para avanzar en democracia debemos darnos cuenta de la necesidad que tenemos unos de otros, políticos y ciudadanos.

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