Vida y muerte

Giacometti, el hombre que camina, la flecha lanzada hacia adelante, la inevitabilidad de la muerte.

Con estas ideas me subí a aquel tren nuevo de alta velocidad dirección Alicante, dos días después del trágico accidente de Galicia. Sólo 2.20h. ¿Para qué tanta velocidad? Veía el cielo escaparse tras la ventanilla y tenía la certeza de que aquello no era tan distinto al intento de la Torre de Babel, sólo que lo que ahora intentábamos traspasar era el tiempo. Hacerlo tan nuestro que pudiéramos levantar nuestra cabeza por encima de nuestro momento histórico. Como a media hora de la llegada me sobrevino el llanto, leve y pausado. No había muchas posibilidades de que un nuevo tren fuera a descarrilar, no es que tuviera miedo de que lo hiciera, sino del simple hecho de morir. Me han contado que renfe ha tenido que parar trenes por ataques de pánico. Aquel tren no paró, pero se respiraba una cierta tensión, un fuerte silencio. ¿Alguien más estaría pensando en aquello?, preguntaba yo hacia mis adentros. A mi espalda un chico deficiente rompía ese silencio preguntando a su madre por la llegada. Su madre lo cuidó durante todo el viaje, como había hecho durante toda su vida. Me conmovió profundamente esa relación por el completo abandono de uno y por la entrega generosísima de la otra. Tras aquello abandoné mi miedo en aquel vagón y me abandoné yo misma.

Mi vida, tuya

Todas mis horas, negras;
mis ansias, aguas;
mi vida, tuya.

Una escalera que baja
a lo alto de una ventana
sale por la puerta trasera
y amanece en la explanada.

Todas mis horas, aguas;
mis ansias, negras;
mi vida, tuya.

Una veleta que gira
dentro de una vitrina
pierde siempre la partida
y nunca tiene despedida.

Todas mis negras, horas;
mis aguas, ansias;
mi vida, tuya.
Una vela que consuma
el anhelo que me queda
marchará pronto mañana
y lo hará sin su maleta.
Todas mis negras, mis horas,
mis aguas, mis ansias,
mi vida, tuya.

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