Giacometti. Terrenos de juego aún por jugar


Unos grandes ojos, unas manos a la par. Una constante pregunta vuelta una y otra vez a formular. Una eterna búsqueda y un aparente fracaso personal. Así define Giacometti su trabajo, su vida como escultor. 

Hace unos días acabó la exposición de la Fundación Mapfre de Madrid: Giacometti. Terrenos de juego. Un inicio surrealista, una investigación que no sabía dónde podía acabar. En las primera obras y conjuntos escultóricos podía verse la concepción del mundo como un tablero de juego. Un juego entre el espacio, el tiempo, los individuos y las relaciones que se crean entre todos ellos. El movimiento del transeúnte por la plaza como metáfora de nuestro propio pasar por el mundo. En su minúsculo estudio conformaba todo un cosmos.

Más adelante rompe con el movimiento surrealista y parece volver sobre sí mismo. Adentrarse y buscar al hombre en los rostros de quienes le rodean, especialmente su hermano y su mujer. Busca, pregunta, ensaya. Un día y otro colocaba a la misma persona y la retrataba. Así durante años, pero nunca le satisfizo la respuesta que encontró. El hombre que camina, hizo cientos de ejemplares de esa figura. Una y mil veces la misma. Nunca sintió que hubiera aprendido a esculpir.

No me recordó a casi nada de lo que había visto hasta entonces. Quizá a una mezcla de Brancusi y Beuys. Quizá a simples castillos hechos con arena húmeda de la playa que se resbala de la palma de la mano. Todos nosotros también andábamos buscando nuestro camino, ensayamos nuestra vida, nos mantenemos en esa tensión, somos esa flecha lanzada que todavía no ha llegado a su diana.
  

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