Coincidencias y relecturas

Ahondando en las coincidencias artísticas quería destacar también la excelente relectura de Las Meninas. En el Museo Picasso de Barcelona puede encontrarse el extenso estudio que este autor realizó de una de las obras más emblemáticas de la historia del arte. Mucho se ha escrito de ella, pero quizá lo más interesante que se ha dicho -y yo resumo, copio y desbarato- consiste en ver en ella la tematización de la pintura por excelencia, de la presencia de la presencia. Baste con esto. Aunque parezca que no se ha dicho nada, quien lo dijo no tenía que añadir nada más (aunque también lo hizo y quizá algún día vuelva sobre ello y sobre él). 

De lo que se trata es de ver las relecturas que se han hecho del cuadro de Velázquez. En el Museo Picasso pueden encontrarse hasta 58 obras entre ensayos de figuras, color, tamaño. La que más destaca es la de 1957:


Unos años después, 1960, Dalí se adelanta con una genial obra que desconocía hasta hoy. Parece que vemos menos porque las figuras humanas se han numerizado, pero el ojo humano cuando se enfrenta al cuadro tiende a seguir la secuencia numérica hasta acabar en una especie de bucle. Creo que la esencia del cuadro (mutans mutandi) se mantiene puesto que se mantiene el juego con el espectador y se le necesita para completar el cuadro.


Luego, hay otros muchos, pero a mi me divierten especialmente el Equipo Crónica. Me sorprende que a estas alturas de la película nunca les haya hecho un hueco. Son la pareja más representativa del Pop art español. Consiguieron hacer una relectura de los grandes pintores españoles: Velazquez o Picasso a la vez que ejercían una fuerte crítica al franquismo. Siempre les salvó su genial sentido del humor como puede verse en su versión de Las Meninas de 1970.

Autorretratos: Picasso, Miró y Dalí

Hace poco estuve en la exposición del Museo Picasso de Barcelona (también en otras, pero todo llegará). Me paro en Museo Picasso porque me sirve para hablar de todos y de ninguno a la vez. Me permite hablar de las coincidencias que se dieron, se pudieron dar o que simplemente yo trazo voluntariamente entre Picasso, Miró y Dalí. (Aunque la unión también podría avalarse por la exposición de Florencia, 2011; la argentina Los españoles inmortales, 2013; o el libro Angry Young Men.

Cuadro encontrado por las calles de Barcelona coincidiendo con la visita
a la exposición de autorretratos del Museo Picasso, 20.08.2013
Empecemos por el final, por empezar por algún lugar, por la última exposición temporal del Museo Picasso dedicada a sus autorretratos. Cientos de autorretratos en los que además de ver los cambios en su trayectoria artística suponen una excelente reflexión sobre el "yo" creador. Por así decir, el ojo no puede verse a sí mismo más que cuando se ve fuera, reflejado en algo: un espejo, un cuadro, una fotografía. Es muy interesante en Picasso la progresiva abstracción de sus obras. De joven ya consiguió una gran perfección técnica por lo que a lo largo de su vida fue probando, experimentando, abstrayendo. (Diría que en literatura pasa lo contrario: las autobiografías suele ser lo más extenso, detallas y complejo de los escritores, pero que me corrijan los que saben). 

Autorretrato, 1900 y Autorretrato, 1972
En Picasso esa abstracción puede verse y en Miró también. Quizá, todavía mejor. Una de sus obras más conocidas es un doble autorretrato: doble porque uno está encima del otro. El primero es un dibujo muy detallado de los primeros años. La obra quedó arrinconada y se volvió a encontrar  muchos años después. Miró que ya había encontrado un estilo muy personal hizo un nuevo autorretrato sobre el lienzo anterior. No tenía tantos detalles, pero él se reconocía más en ese trazo negro, con tres pelos. 

Autorretrato, 1937/1938-1960
En el caso de Dalí creo que sería simplificar en exceso (si lo de antes no había sido ya suficientemente excesivo) decir que hay una abstracción. Su última etapa es la que personalmente más me gusta y no precisamente por su abstracción, sino por lo contrario. Quizá sea que hay que distinguir -si se puede- al personaje estrambótico y popular del pintor Dalí. Quizá también podría decirse que no hay autorretratos de "vejez", porque nunca aparece en solitario, sino que siempre aparece con Gala. Quizá sea la mejor abstracción: aquel que ya no se ve a sí mismo sino en la persona amada. 

Autorretrato con cuello de Rafael, 1920 y Dalí de espaldas pintando a Gala de espaldas, 1972-1973

Vida y muerte

Giacometti, el hombre que camina, la flecha lanzada hacia adelante, la inevitabilidad de la muerte.

Con estas ideas me subí a aquel tren nuevo de alta velocidad dirección Alicante, dos días después del trágico accidente de Galicia. Sólo 2.20h. ¿Para qué tanta velocidad? Veía el cielo escaparse tras la ventanilla y tenía la certeza de que aquello no era tan distinto al intento de la Torre de Babel, sólo que lo que ahora intentábamos traspasar era el tiempo. Hacerlo tan nuestro que pudiéramos levantar nuestra cabeza por encima de nuestro momento histórico. Como a media hora de la llegada me sobrevino el llanto, leve y pausado. No había muchas posibilidades de que un nuevo tren fuera a descarrilar, no es que tuviera miedo de que lo hiciera, sino del simple hecho de morir. Me han contado que renfe ha tenido que parar trenes por ataques de pánico. Aquel tren no paró, pero se respiraba una cierta tensión, un fuerte silencio. ¿Alguien más estaría pensando en aquello?, preguntaba yo hacia mis adentros. A mi espalda un chico deficiente rompía ese silencio preguntando a su madre por la llegada. Su madre lo cuidó durante todo el viaje, como había hecho durante toda su vida. Me conmovió profundamente esa relación por el completo abandono de uno y por la entrega generosísima de la otra. Tras aquello abandoné mi miedo en aquel vagón y me abandoné yo misma.

Mi vida, tuya

Todas mis horas, negras;
mis ansias, aguas;
mi vida, tuya.

Una escalera que baja
a lo alto de una ventana
sale por la puerta trasera
y amanece en la explanada.

Todas mis horas, aguas;
mis ansias, negras;
mi vida, tuya.

Una veleta que gira
dentro de una vitrina
pierde siempre la partida
y nunca tiene despedida.

Todas mis negras, horas;
mis aguas, ansias;
mi vida, tuya.
Una vela que consuma
el anhelo que me queda
marchará pronto mañana
y lo hará sin su maleta.
Todas mis negras, mis horas,
mis aguas, mis ansias,
mi vida, tuya.

Giacometti. Terrenos de juego aún por jugar


Unos grandes ojos, unas manos a la par. Una constante pregunta vuelta una y otra vez a formular. Una eterna búsqueda y un aparente fracaso personal. Así define Giacometti su trabajo, su vida como escultor. 

Hace unos días acabó la exposición de la Fundación Mapfre de Madrid: Giacometti. Terrenos de juego. Un inicio surrealista, una investigación que no sabía dónde podía acabar. En las primera obras y conjuntos escultóricos podía verse la concepción del mundo como un tablero de juego. Un juego entre el espacio, el tiempo, los individuos y las relaciones que se crean entre todos ellos. El movimiento del transeúnte por la plaza como metáfora de nuestro propio pasar por el mundo. En su minúsculo estudio conformaba todo un cosmos.

Más adelante rompe con el movimiento surrealista y parece volver sobre sí mismo. Adentrarse y buscar al hombre en los rostros de quienes le rodean, especialmente su hermano y su mujer. Busca, pregunta, ensaya. Un día y otro colocaba a la misma persona y la retrataba. Así durante años, pero nunca le satisfizo la respuesta que encontró. El hombre que camina, hizo cientos de ejemplares de esa figura. Una y mil veces la misma. Nunca sintió que hubiera aprendido a esculpir.

No me recordó a casi nada de lo que había visto hasta entonces. Quizá a una mezcla de Brancusi y Beuys. Quizá a simples castillos hechos con arena húmeda de la playa que se resbala de la palma de la mano. Todos nosotros también andábamos buscando nuestro camino, ensayamos nuestra vida, nos mantenemos en esa tensión, somos esa flecha lanzada que todavía no ha llegado a su diana.
  
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