Locus amoenus


Durante unos días he podido contemplar la naturaleza, de nuevo, con paz. Parar y ver qué es lo importante, qué es lo que me dice lo que me rodea cuando me mira. 

He vuelto a ver cómo los árboles abren sus finas ramas y las elevan en un cántico al cielo. No importa la frondosidad o raquitidad del árbol, si es roble o abedul, no importa que la danza del olivo sea más insinuante que la de la encina, porque todos danzan con el rumor del viento y dejan que sea éste el que silbe entre sus hojas y les arrebate descaradamente los frutos de sus entrañas. Sus hojas no sólo bailan, sino que cantan, cada una con su voz. Cantan agarradas a sus ramas, mientras que sólo gimen cuando se arrastran sobre el pavimento humano. 

He corrido por las montañas que se conforman con la lluvia y, no sólo eso, sino que la soporta y sostiene cuando el agua derramada quiere ponerse dura y fría. Le permite ese temperamento porque sabe que con él se está gestando en un mutismo absoluto la primavera. Lo veo en la tierra en su incansable entrega, en su dejarse romper en mil pedazos que dan vida. No hay nada más sorprendente que encontrar una seta y, de pronto, a su alrededor cientos. Uno puede andar con tranquilidad hasta que las descubre, entonces el miedo a pisar alguna vuelve los pies precisos y amables. Cientos de pequeños mundos esconden esas setas minúsculas bajo sus techos. Sin embargo, estos mundos sólo se encuentran en terreno abierto. No crecen setas en la hierba cortada por el hombre. Hacemos el mundo más seguro, más confortable, pero no somos conscientes de lo que perdemos con todo ello. 

He viajado con las nubes que corren jóvenes y blancas de buena mañana cobrando mil formas diferentes, jugando entre ellas a adivinar sus disfraces y en las negras y tremendas nubes viejas de la última hora que descienden con pesado cansancio queriendo recostarse en la tierra cerrando el telón de una jornada, anunciando ya de qué manera será la última.

3 comentarios:

Rafa Monterde dijo...

¿Eran rebollones?

Raquel dijo...

Eran de muchos tipos, eso fue lo mejor. En apenas 100 metros encontré hasta 5 clases distintas. ¡Una maravilla!

Rafa Monterde dijo...

¡Qué suerte tenéis en Navarra, caramba! En Teruel hay que conformarse, más que nada, con los rebollones... Pero bien hechos con ajito... ¡están de muerte! Por cierto, ¡estrenan el Hobbit!

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