Luces y desiertos: pa(i)sajes de la vida intelectual

"Del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro". Así resume Cervantes las causas de la locura del más ingenioso hidalgo español. Digo resume, porque podría haberse extendido más en la descripción, no porque se necesiten más causas.

Se le secó el cerebro... "se acabó el amor de tanto usarlo". Quizá ambas expresiones tienen algo que ver. El uso incorrecto termina estropeando los utensilios, los objetos. Aunque ni el cerebro ni el amor sean utensilios también, paradójicamente, pueden tratarse como tales. Y, entonces puede que no se tengan más ideas en la cabeza que la de los autores a los que uno lee y no pueda producir ideas propias (¿alguien habrá producido, alguna vez, una idea propia?). Y con esto remito, recojo y remiendo unas palabras de Cornelio Fabro del libro La dialéctica de Hegel
Con todo, cuando en realidad se presenta de una manera más precisa este mismo ver, es fácil advertir que en la absoluta claridad no se ve ni más ni menos que en la tiniebla absoluta, y que tanto el uno como el otro ver son un puro ver, un ver nada. Pura Luz y pura tiniebla son dos vacíos, que son lo mismo. Sólo en la luz determinda -y la luz es determinada por la tiniebla-, sólo en la luz ofuscada, se puede distinguir algo.
Desnudo en el desierto. Salvador Dalí (1946).

¿Se ve? Bueno, aquí viene el remiendo, la muestra de que en el desierto también existen los oasis y el enlace con el segundo término, por si alguien creía que me había despistado:

Espejismo: 

Apaga la luz, y siéntate cerca,
que hoy quiero verte bien.

Del anarquismo al dadaísmo

El dadaísta Hugo Ball en una
soirée dadaista en Zurich
Paul Feyerabend (1924-1994) fue uno de los filósofos de la ciencia más importantes del siglo pasado. Sus reflexiones críticas consiguieron dar la vuelta al estudio de la ciencia por parte de los filósofos. Su teoría más importante es el denominado "anarquismo espistemológico" que consiste en sostener que no hay reglas metodológicas útiles o libres de excepciones, que rijan el progreso o el desarrollo de los conocimientos. 

Debido a que el próximo congreso de Filosofía joven (D.m.) irá sobre la belleza de la ciencia, andamos leyendo ya textos relacionados con el tema, por ejemplo ¿Por qué no Platón?, donde he encontrado un texto, a pie de página, que me parece que resumen bien el pensamiento de Feyerabend y, quizá, un poco el planteamiento del futuro congreso:

Al elegir el término "anarquismo" para designar mi planteamiento, tuve en cuenta, sin más, su uso general. Sin embargo, el anarquismo, tal y como se ha practicado en el pasado y como se practica hoy por un número cada vez mayor de personas, posee rasgos que no estoy dispuesto a defender. Se preocupa poco de las vidas humanas y de la felicidad humana (excepto de la vida y la felicidad de aquellos que pertenecen a algún grupo especial): además implica el tipo de dedicación y seriedad puritana que yo detesto. Por estos motivos prefiero ahora emplear el término Dadaísmo. Un Dadaísta no sería capaz de hacer daño a una mosca, mucho menos a un ser humano. Un Dadaísta permanece completamente impasible ante una empresa seria y sospecha siempre cuando la gente deja de sonreír, asumiendo aquella actitud y aquellas expresiones faciales que indican que se va a decir algo importante.

Otra vez Hugo Ball recitando un
poema en el Cabaret Voltaire
Un Dadaísta está convencido de que una vida que merezca la pena sólo será factible cuando empecemos a tomar las cosas a la ligera y cuando eliminemos del lenguaje aquellos significados profundos pero ya putrefactos que ha ido acumulando a lo largo de los siglos (“búsqueda de la verdad”; “defensa de la justicia”; “amor apasionado”; etc., etc.). Un Dadaísta está dispuesto a iniciar divertidos experimentos incluso en aquellos dominios donde el cambio y la experimentación parecen imposibles (ejemplo: las funciones básicas del lenguaje). Espero que tras la lectura del presente panfleto, el lector me recuerde como un frívolo Dadaísta y no como un anarquista serio. 

(Nota a pie de página en “Tratado contra el método”). 









Tempus est

Tempus est:

Lo que pasa es que pesa;
Pero no importa
si ese peso
deja poso.

Kulturpessimismus o La civilización del espectáculo

El libro comienza desde la primera página asumiendo y reiterando la Kulturpessimismus de la que achaca a la civilización occidental. Porque, no lo podemos olvidar, a lo que aquí se refiere es a Occidente y lo que más destaca es la nostalgia, un sentimiento de dolor por la "Cultura" perdida. ¿Qué se ha perdido? En primer lugar, aludiendo a Eliot, parece haber desaparecido una élite que maneje o cree cultura. Ésta se ha democratizado, la cultura está al alcance de todos, pero esta ganancia conlleva, al parecer inexorablemente, su empobrecimiento.

Por otro lado, ¿a qué denominamos cultura? Todo lo que hace el hombre forma parte de ella. La utilización del término es muy confusa. A veces incluye a la religión, la filosofía, la economía; otras, en cambio, parece que la cultura se reduce a la alta cultura sin mayor argumentación (algo así como reuniones imaginarias entre Goethe, Kant y Matisse). Antes (de la postmodernidad, claro) resulta que había nociones y diferencias claras entre baja cultura (inexistente) y alta cultura. Ahora resulta que esas distinciones ya no están tan claras. Ahí tiene toda la razón, pero ¿No hay ninguna distinción? ¿No hay gente que con usted se dedique a pensar sobre estas cosas? ¿No han dicho otros muchos lo mismo? ¿A quién dirige este libro, entonces? 

La cultura se ha visto afectada por las nuevas tecnologías y por la globalización de la información que corre vertiginosamente por Internet. Esto que es tan bueno conlleva una inevitable ecuanimidad de la información y el conocimiento. Se hace mucho más difícil distinguir, discriminar, cuáles son voces autorizadas u opiniones de peso. De esta manera está hasta cierto punto justificado la crítica de obras de arte (ocio y entretenimiento), acciones políticas (democráticas y liberales, por supuesto) o banalización de las relaciones humanas (es decir, sexo). Sin embargo, extraer conclusiones generales de los casos más pintorescos y extremos no suele ayudar si uno quiere ser fiel a la realidad. El autor no es desacertado en sus críticas, ni siquiera, en la mayoría de los casos, en señalar las causas. Ahora bien, también hay veces en que se queda en la más pura superficie, en el dato del último escándalo, sin llegar a ver el verdadero problema. Esto se acentúa especialmente en los artículos que recoge de El País, algunos muy lejanos en el tiempo. Hubiera ganado mucho de haber recogido las ideas de fondo y haberlas presentado de manera más elaborada. 

En definitiva, no hay duda de que él mismo, Vargas Llosa, no puede escapar a los efectos de la postmodernidad que difumina las diferencias de niveles y puede conllevar el caos intelectual. Con estos bueyes hay que arar y ver los posibles caminos (de los que aquí no se menciona ninguno). Lo único que puede hacer el Estado democrático es respetar todas las opiniones, sin privilegiar ninguna. No vaya a ser que por el camino alguien nos imponga su moral. Estimado amigo, está usted tan dentro de todo esto como el resto, sólo que con una dosis de pessimismus y nostalgia bastante acentuada. Ya lo siento. 

Nietzsche: inspiración y olvido

Ayer leí por casualidad un pasaje de Ecce Homo. En él Nietzsche da una explicación justificada de Así habló Zaratustra. Esta es, que se trata de un  libro inspirado. Es decir, que lo que ahí se dice no proviene de él sino que, de algún modo, le ha sido revelado y que siente que debe comunicar (quizá en otro momento me detenga a explicar qué es lo que se le revela):

¿Tiene alguien, a finales del siglo XIX, un concepto claro de lo que los poetas de épocas poderosas denominaron inspiración? En caso contrario voy a describirlo. Si se conserva un mínimo residuo de superstición, resultaría difícil rechazar de hecho la idea de ser mera encarnación, mero instrumento sonoro, mero medium de fuerzas poderosísimas. El concepto de revelación, en el sentido de que de repente, con indecible seguridad y finura se deja ver, se deja oir algo, algo que le conmueve y transtorna a uno en lo más hondo, describe sencillamente la realidad de los hechos. Se oye, no se busca; se toma, no se pregunta quién es el que da; como un rayo refulge un pensamiento, con necesidad, sin vacilación en la forma. Yo no he tenido jamás que elegir... la involuntariedad de la imagen, del símbolo, es lo más digno de atención; no se tiene ya concepto alguno; lo que es imagen, lo que es símbolo, todo se ofrece como la expresión más exacta, más sencilla.

Hoy leo otra cita de él en una entrevista a Andrés Trapiello tras la publicación de su último libro Ayer no más. La recojo como oxímoron. En el ser humano continuamente se da un juego entre el recuerdo y el olvido. Una relación estrecha entre la memoria y la imaginación, entre lo que fue y lo que nos gustaría que fuera, que nos deja sin poder discernir con claridad. Este hecho influye de manera decisiva en las narraciones de historias, sean estas personales o colectivas, sean estas locales o -como no podía ser de otro modo tratándose de este autor- de España. De esto se sigue que la cita me parezca el mejor resumen del libro y, para quien lo haya leído, del pensamiento de Trapiello:

"Es posible vivir sin recuerdo, pero no sin olvidar; un exceso de historia daña la vida", decía Nietzsche. La verdad trae la justicia, pero a veces no trae la paz... La paz no es posible sin el olvido, pero a la vez, está por medio la justicia, y el olvido es una gran injusticia.
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