De amicitia (III)



Se acabaron las clases (otra vez). No todo el mundo tiene la oportunidad de realizar un Máster y mucho menos, lo pienso de veras, a pesar de todo, tan bueno como el que yo he hecho. Sin embargo, si algo te enseña la filosofía no es a valorar teorías sino a personas. Te enseña a pensar, a entrar en diálogo, a crear espacio en tu interior para la verdad. Pero ¿de qué vale una verdad que sabes tú solo? Por tanto, en el fondo te hace caer en la cuenta de la importancia de compartir, de confiar que son las notas esenciales de la amistad.

La amistad es confianza, pero se confía algo muy grande que es la propia intimidad, la vida misma. Alguien se instala y ensancha los límites, te obliga a hacerle espacio y los lleva a la incondicionalidad. La amistad tiene un sabor de eternidad y, al mismo tiempo, los amigos se cuentan con los dedos de una mano. ¡Qué dolor cuando uno de ellos se cierra hacia el centro de la palma en señal de despedida!


Hay muchas razones para despedirse y muchas formas de hacerlo. Hay amigos que se marchan lejos. Se van físicamente, pero sólo eso, se separan territorialmente. Pero el ser humano tiene la capacidad de tener realmente presente objetos muy lejanos. Sin embargo, hay otros que se distancian en el alma. Uno siente como las bocas pueden seguir hablando pero los espíritus no se comunican. Una puerta se ha cerrado en algún sitio, pero no sabes cuál es la correcta para volver a abrirla y dar paso de nuevo a la corriente. Uno de los dedos de los que colgaba ese amigo ha sido cortado, amputado y sólo se tiene la sensación de que antes había algo que ahora ya no está. Se siente la pura ausencia. Se siente el peso como dijo Neruda: "Tengo el corazón pesado/ con tantas cosas que conozco/ es como si llevara piedras desmesuradas en un saco" y añado, sin pretender añadir nada: ¡Qué inmaterial eres alma mía y qué pesada te vuelves a veces!

En las últimas clases del máster vimos como el ser humano puede cambiar el pasado: a través del perdón. Quizá por eso tenga que pedir perdón ahora a los que cerré la puerta de mil maneras, me olvidé decirles que nunca me olvidé. Por otro lado, el sábado, en la Licenciatura de Filosofía Alejandro Llano dijo (aludiendo a los compañeros que se iban): "No hay crisis más aguda que la separación personal. Algo se muere en el alma cuando un amigo se va y eso sois vosotros para mí".¡Qué maravilla y qué responsabilidad que alguien te considere "amigo"! Un verdadero amigo se va, pero siempre se queda. Un amigo siempre te hace la carga más ligera. Y por ello también cabe dar gracias.

Fotogramas del documental "Pina"

4 comentarios:

Jaime Nubiola dijo...

Me parece una reflexión maravillosa. Muchísimas gracias, Raquel, por compartirla.

Corina Dávalos dijo...

¡Hermosa reflexión! y tu añadido sobre el peso del alma, un acierto. Abrazo!

Raquel dijo...

Gracias Jaime por tan honroso comentario.

No sé si merece tanto, pero de lo que sí estoy segura es de que siempre merece la pena compartir.

Raquel dijo...

Anacó! Otro honor tenerte a ti entre mis "comentaristas".

¿Pasará el peso?

Si no recuerdo mal Ortega tiene un texto donde explica como la dureza del suelo es a la vez la que nos hace ardua la andadura, pero también es la que nos permite caminar.

Mutatis mutandis puede que la dureza de la vida también nos vaya otorgando un suelo firme donde sostenernos.

Un abrazo!

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