La puerta abierta


Hacía tiempo que creía haberse deshecho de ella, que se había marchado de su casa. Hace a un más tiempo fueron grandes aliadas. A ella le gustaba ver como la vieja araña trepaba por las paredes, como iba dejando ese pequeño rastro suyo imperceptible, pero arrolladoramente sugerente por todas partes. Especialmente le divertía ver como se comportaba con las visitas, si no le gustaban no tenía reparos en lanzar su picadura sobre su víctima que se iba para siempre con cierta dosis de veneno en sus venas. Sin embargo, todavía le quería más cuando conseguía atrapar a las visitas que le agradaban. Mientras ellas se paseaban cómodamente, la araña iba tejiendo a su alrededor y para cuando se daban cuenta estaban completamente apresadas en esa especie de tejido viscoso que les rodeaba. 

Pero un día archicansada de tanto arácnido tejedor atrapatodo y de todo el mundo acumulado a sus espaldas se deshizo de ella. Arrancó sus telarañas de la última esquina, abrió las ventanas para airear y cerró la puerta a las visitas. Frente a la impasibilidad y el silencio de la casa la araña menguó hasta hacerse muy pequeñita, pero no se fue. Un día inesperado un visitante consiguió colarse por la ventana. Como hacia tiempo que no recibía a nadie se alegró de tener, de nuevo, alguien a quien agasajar como huésped. Encendió las luces, le preparó la mejor habitación y le sugirió que se quedara para siempre. Y la viuda negra que lo contemplaba todo desde el suelo pensó que ese era el momento de volver y empezó a tejer sibilinamente bajo sus pies. Cuando la anfitriona se dio cuenta de lo que ocurría se lamentó enormemente de no haber tomado medidas. Y ya para entonces hizo lo único que podía hacer: le cortó el pie que se fundía con el parqué para que fuera libre de una vez. Y al cerrar la puerta resonaron en sus oídos las últimas palabras que su huésped pronunció: "Es una suerte haber coincidido en la vida contigo". Y ese singular hiperbaton profético provocó un regusto amargo que se convirtió en la despedida que nunca tendría lugar.

 Fue en busca de la maldita araña para acabar con ella, pero en realidad no sabía ni dónde buscar. Tras una ardua batalla de ocultación se le desveló la única manera en la que podía hacerla sucumbir. Se sentó en el sofá y le llamó y le dejó que empezara a rodearla con sus frías patas, a envolverla con su sutil tela como había visto hacer tantas veces. La araña fue creciendo a medida que giraba en torno a ella hasta que realizó la obra arañil más perfecta de la historia. No se escuchó un solo grito cuando el arácnido lanzó su picadura mortal. La encontraron meses después vecinos atraídos por el olor. Lo único por lo que se preguntaron fue por el hecho de que la puerta estuviese abierta. La araña se olvidó de cerrar al irse. Un despiste lo tiene cualquiera.

4 comentarios:

Ununcuadio Uuq dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Ununcuadio Uuq dijo...

Había una araña horrible en el cuarto de baño: aaahhh!!! Salí corriendo... Esta mañana estaba dormida: no sé si seguía...

Raquel dijo...

No te preocupes... aunque tienen un aspecto externo que las hace temibles, en el fondo ellas son las que tienen más miedo.

Ununcuadio Uuq dijo...

uy, pero qué grima!! puajjj
P.D.: ya se fue del baño... ¡Buen viaje!

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