Lugares en pérdida

Hace poco leí un tweet muy divertido: "Estar en twitter es enterarte de que cada día es el día mundial de algo". Así que con las mismas el 19 de mayo fue el día internacional de los museos.Y para celebrarlo muchos de ellos promovieron diversas actividades de lo más ingeniosas. Yo acudí a la que me pareció más divertida y audaz.

El centro de Arte Contemporáneo de Huarte (Pamplona) decidió bajar los plomos de sus instalaciones e invitar a los visitantes a que se trajeran sus propias linternas con las que poder ir descubriendo las exposiciones. Además, como la principal lleva por nombre Lugares en pérdida (comisariada por Teresa Blanch) solicitaron fotografias de la memoria: "Mi lugar perdido". Las escaleras del Centro se conviertieron en accesos a la memoria de espacios y rincones desaparecidos o totalmente transformados: aquel rincón donde jugabas, la fuente que ya no está, el papel pintado que arrancaste… 

Otra de las actividades fue "Perdidos en el lugar". Como ya he dicho no había más luz en las salas que las que los espectadores llevaban consigo e intentaban alumbrar las obras. Como las obras eran de gran tamaño uno no terminaba de hacerse una composición completa. Si se acercaba mucho para ver los detalles perdía la totalidad, pero si tomaba distancia perdía todavía más. 

Ambas actividades consiguieron poner al espectador frente a realidades muy profundas. Mediante el juego entre la memoria, el recuerdo, la oscuridad y la pérdida se consiguen mostrar ciertos límites de la razón. No se puede pensar la existencia sino en un lugar, por eso decimos que cada cosa tiene un lugar. Sin embargo, también cabe que se pierdan. En el pensamiento, abstraemos del lugar concreto por eso podemos combinar objetos y lugares dispares por medio de la imaginación (tal y como se advierte en los sueños, aunque también es común que la memoria haga variaciones y ajustes a su antojo). 

Ahora bien, si se se tiene en cuenta que es la luz la que nos permite conocer, ¿qué ocurre cuando todo se vuelve oscuro? La oscuridad no permite definir los contornos de los objetos e incluso de los hechos que ocurrieron en ella. Por eso cuando se intenta traer de nuevo a la presencia los objetos y recuerdos se mezclan entre sí y se vuelven confusos. La pérdida total de contornos en la razón es la locura, el lugar más oscuro de todos. Lo curioso es que cuando llegas ya no sabes dónde estás, estás perdido.

Tiempos verbales

Tiempos verbales:

No me acostumbro a hablar en pasado
de las personas que todavía quiero.

Kamikazes


No es fácil vivir en un país en guerra pero, sobre todo, no es fácil nacer en un país en guerra. Sin embargo, algunos consiguen hacerlo. Ella lo consiguió aunque solo a medias, si puede hablarse así. El corazón fallaba, los médicos no sabían muy bien la razón pero tampoco disponían de los medios necesarios para aplicarle ningún buen tratamiento. Los padres aceptaron un cruel acuerdo a riesgo de no preocuparse más. En algunas zonas de Kabul un viejo médico arreglaba cualquier problema de salud con la condición de que se comprometieran a convertirse en kamikazes. 


La desesperación les condujo sin problemas hasta las coordenadas indicadas. Ellos no pretendían inmolar a su hija bajo ninguna condición, pero no podían dejarle morir sin hacer nada. Si todo salía bien saldrían del país, como así hicieron. Consiguieron aquellos visados para aquel país occidental donde fueron tan cordialmente recibidos. Esto no es verdad, como todo el mundo sabe, pero no hay tiempo de explicarlo.

Nunca más se pronunciaron síntomas de dolor y ellos no se preocuparon de advertirle que llevara la cuenta de sus latidos. Nadie podía augurar lo peor. Con quince años se enamoró. Una mañana, frente a la parada del bus, le vio pasar. Sus pulsaciones se aceleraron hasta encender aquel pequeño dispositivo bomba que le habían colocado en aquel andrajoso taller médico. Estalló por los aires todo lo que se encontraba a veinte metros de diámetro. Los telediarios no dudaron en hablar de atentado terrorista. Aquella noche, allí también comenzó la guerra.

La puerta abierta


Hacía tiempo que creía haberse deshecho de ella, que se había marchado de su casa. Hace a un más tiempo fueron grandes aliadas. A ella le gustaba ver como la vieja araña trepaba por las paredes, como iba dejando ese pequeño rastro suyo imperceptible, pero arrolladoramente sugerente por todas partes. Especialmente le divertía ver como se comportaba con las visitas, si no le gustaban no tenía reparos en lanzar su picadura sobre su víctima que se iba para siempre con cierta dosis de veneno en sus venas. Sin embargo, todavía le quería más cuando conseguía atrapar a las visitas que le agradaban. Mientras ellas se paseaban cómodamente, la araña iba tejiendo a su alrededor y para cuando se daban cuenta estaban completamente apresadas en esa especie de tejido viscoso que les rodeaba. 

Pero un día archicansada de tanto arácnido tejedor atrapatodo y de todo el mundo acumulado a sus espaldas se deshizo de ella. Arrancó sus telarañas de la última esquina, abrió las ventanas para airear y cerró la puerta a las visitas. Frente a la impasibilidad y el silencio de la casa la araña menguó hasta hacerse muy pequeñita, pero no se fue. Un día inesperado un visitante consiguió colarse por la ventana. Como hacia tiempo que no recibía a nadie se alegró de tener, de nuevo, alguien a quien agasajar como huésped. Encendió las luces, le preparó la mejor habitación y le sugirió que se quedara para siempre. Y la viuda negra que lo contemplaba todo desde el suelo pensó que ese era el momento de volver y empezó a tejer sibilinamente bajo sus pies. Cuando la anfitriona se dio cuenta de lo que ocurría se lamentó enormemente de no haber tomado medidas. Y ya para entonces hizo lo único que podía hacer: le cortó el pie que se fundía con el parqué para que fuera libre de una vez. Y al cerrar la puerta resonaron en sus oídos las últimas palabras que su huésped pronunció: "Es una suerte haber coincidido en la vida contigo". Y ese singular hiperbaton profético provocó un regusto amargo que se convirtió en la despedida que nunca tendría lugar.

 Fue en busca de la maldita araña para acabar con ella, pero en realidad no sabía ni dónde buscar. Tras una ardua batalla de ocultación se le desveló la única manera en la que podía hacerla sucumbir. Se sentó en el sofá y le llamó y le dejó que empezara a rodearla con sus frías patas, a envolverla con su sutil tela como había visto hacer tantas veces. La araña fue creciendo a medida que giraba en torno a ella hasta que realizó la obra arañil más perfecta de la historia. No se escuchó un solo grito cuando el arácnido lanzó su picadura mortal. La encontraron meses después vecinos atraídos por el olor. Lo único por lo que se preguntaron fue por el hecho de que la puerta estuviese abierta. La araña se olvidó de cerrar al irse. Un despiste lo tiene cualquiera.

De amicitia (II)

Fotografía: Rosi López.
Exposición "Temblores de aire"
Todo me habla de lo que me hablas. Ya no puedo ir a una exposición sin coger un folleto para ti. Incluso cuando paso por un escaparate me paro a imaginar cómo la prenda te quedaría mucho mejor que al maniquí. No puedo estar en una conferencia sin pensar cómo estarías disfrutando con lo que estoy oyendo, en qué bien lo pasaríamos después debatiendo sobre ello. Y te busco para contártelo y que me preguntes y poder dialogar durante un rato. Y después de aquello no puedo dejar de pensar en lo que hemos hablado.

Qué extraño fue, sin embargo, cuando fuiste tú quien leía el libro que te había sugerido, cuando me trajiste todos aquellos folletos de las exposiciones, cuando me llamaste para buscarme y contarme lo último interesante que habías encontrado, cuando en aquel mail me dabas algo más que las gracias.
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