Más acá, lejos del horizonte

Es curioso leer un texto que uno escribió hace ciertos años. Ocurre lo mismo que cuando uno escucha su voz grabada: nunca lo reconocería como suya. Suena a su estilo, su entonación concuerda, pero resulta tan extraña que no puede ser la de una. 


Hace ya casi cinco años cayó en mis manos El taller de la filosofía. Un ensayo de ese primer capítulo fue lo primero serio que escribí en filosofía. He dicho serio, pero quería decir en serio. Es decir, la que se tomaba en serio la escritura por primera vez era yo. Lo que decía en esos primeros ensayos estaba lejos de lo que la seriedad académica requería entonces y requiere hoy. Me releo y me recuerdo leyéndolo a mis compañeros de primer curso. Me miro con nostalgia y me sonrío; no puedo evitar que me haga gracia la ingenuidad intelectual de la que gozaba en aquellos momentos. Una simplicidad que esperaba encontrar con cierta rapidez la verdad. Asumía, es más, apoyaba el esfuerzo que llevaría aquella empresa, pero no dudaba de que los pasos alcanzarían el final. 


El horizonte del filósofo, así se titulaba mi primer ensayo nubiolesco. Lo cual quiere decir un ensayo sincero, honesto y cargado de vida. Hablaba de horizonte porque, concluía el texto, “una vez se ha emprendido el camino filosófico es imposible dar media vuelta. Se trata de un camino placentero acompañado por la lectura y la escritura, por la conversación y la imaginación, por la preocupación y la felicidad hasta llegar más lejos de lo que ahora vemos como horizonte.” 

¡Qué distinto resulta ese sueño con el matiz del tiempo! ¿Será la desconfianza postmoderna que ha hecho mella en mí? Desde luego, pero también he de reconocer la parte de espíritu ilustrado que escondo y que desearía encontrar certezas firmes y seguras sobre las que apoyar el conocimiento y, por qué no, la vida. Quizá se podría esgrimir que lo que ha ocurrido se llama proceso de madurez filosófica, reflexión argumentativa o adquisición lógico-ontológica de los conceptos trascendentales que todo intelectual debe adquirir si quiere ganarse ese título. Signifique eso lo que signifique. 

No sé hasta qué punto podrían considerarse estas palabras como un alegato de defensa. Me atrevería a decir que es proporcional lo que he mis escritos han ganado de seriedad académica con lo que han perdido de expresión vital. Esto no es ni bueno ni malo, sino adaptación al medio y público para el que se escriben. Con lo cual podría argüir que antes escribía para que me entendieran y ahora escribo para que entiendan lo que quiero decir. (La cuestión estaría en ver si en medio de todo esto hay algo que entender.) En aquel ensayo imberbe recogía las palabras de El taller de la filosofía: “Las reglas [de escritura] son simples, decir lo que pensamos con espontaneidad, pensar lo que vivimos a través de la reflexión y vivir lo que decimos con el corazón”. Ahora caigo en la cuenta de que fueron la inspiración del lema que ha presidido este blog durante años. En el muro informático del perfil podía leerse: “Estudio Filosofía, por lo que trato de decir lo que pienso, pensar lo que vivo y vivir de lo que amo”. 

Valga pues este ensayo como un recordatorio del origen del amor filosófico, de los motivos que me llevaron a embarcarme en este viaje. Recordar, sobre todo, que se trata de una travesía gozosa de por sí. Ya no concluyo con el deseo de sobrepasar ningún horizonte en el que pareciera esconderse algún tesoro que guarde "la verdad", "la felicidad". Dice la sabiduría popular que rectificar es de sabios. Y si de amor a la sabiduría he ganado algo en estos años ahora tengo que rectificar. Tampoco me atrevo a realizar grandes afirmaciones, pero creo que ese tesoro no cabe encontrarlo más allá, anclado en un después, sino más acá. Lo complicado está en encontrarlo en el más acá de cada instante. 

Puede que se trate de caer en la cuenta de que lejos de las exigencias burocráticas de un sistema agotador y desesperanzador, lo importante es gozar del dulce vaivén del barco. Es bastante probable que ayude hacerse con buenos compañeros que hagan amable el camino. Quizá, quién sabe, se trate de entender que de cómo vivamos el viaje dependerá el puerto al que nos toca llegar.

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