Partos, medos y elamitas...

Pienso que las mejores historias surgen mirando la realidad, que los mejores libros están escritos en la parada de un tren, en el asiento del metro o en la cola del supermercado. Quizá sea porque en esos momentos la vida nos rescata del secuestro voluntario de nuestro mp3, nos desengancha de nuestra dosis continua de móvil, quizá porque no hay nada más que hacer.

Así que me subí al Tram (un tranvía que comunica Denia con Alicante). La primera sorpresa fue reconocer la música de Vivaldi, de Mozart, de Schubert y de unos cuantos más que no reconocí como hilo musical. En los 110 minutos que duró el trayecto de ida y vuelta conocí a Walter un ecuatoriano que venía de Italia e intentaba ligar con una puertorriqueña rubio platino que también sufría de falta de papeles, estuve con una familia de ingleses que pasaban sus vacaciones en el Mediterráneo como delataban las quemaduras en su piel, también pasó por allí un cubano, una gitana, unos adolescentes al estilo "emo", unas francesas y alguna otra gente del lugar.

En esta inmersión multicultural lo más emocionante fue verme rodeada de tres mujeres tailandesas o quizá camboyanas o puede que malayas, perdón por mi falta de discernimiento. Una de ellas, la más joven, llevaba dos niños: un pequeño "shin chan" pequeño y redondo que no paró de jugar, su hermana mayor miraba afuera con sus ojos rasgados, que abría y cerraba como lo hacen en los cómics. Acercaba su cara al cristal y dejaba salir el aliento de su boca, después se alejaba y sorprendía de su propio vaho que le servía de pizarra interactiva. Una vez estuvo tanto tiempo exhalando que se durmió sobre su propio brazo apoyado en la ventana. Su madre en un idioma incomprensible para mí la despertó y la acercó hacia sí mientras su hermano seguía dando tumbos por el tram.
Pese a todas las diferencias, nacionalidades y etnias, como dijo Goethe, yo sólo vi hombres.

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