Todo es palabra, lanza y escudo

Escribir es peligroso (y que te lean más). ¿Qué son las palabras sino lanzas que arrojamos contra nuestra fiebre y con las que también, no caben ingenuidades, provocamos dolor e, incluso, la muerte, la de otros y la nuestra? Pido perdón por las veces que ofendí, lastimé y herí de muerte. La palabra es la lanza con la que estoqueamos la realidad y con la que conseguimos incluso cambiarla: “Son muchas las razones que se han barajado para explicar tanto la fuerza como la necesidad de la ficción. Suele hablarse —yo mismo lo he hecho en otras ocasiones— de la parvedad de nuestras existencias reales, de la insuficiencia de limitarse a una sola vida y de cómo la literatura nos permite asomarnos a otras o incluso vivirlas vicariamente, o atisbar las nuestras posibles que descartamos o que quedaron fuera de nuestro alcance o no nos atrevimos a emprender.” (Javier Marías. Discurso RAE 2008)

Esto nos abre otro punto interesante: cómo se conoce a las personas y a los personajes (y cómo nos conocemos nosotros mismos por lo que nos dicen ellos). Cómo los interpretamos, es decir, cómo los traducimos a nosotros mismos. Y esto lo hacemos, principalmente, por las palabras que profieren. Las palabras son cargamentos de significados, pero no hablan por sí solas, hace falta interpretarlas: acompañados de un titubeo o una mirada esquiva pueden decir todo lo contrario de lo que un mero análisis lingüístico proporcionaría. Hablar, recordar o relatar es necesariamente ficcionalizar. Constantemente, el personaje en la novela y el nosotros, lectores, en la realidad, estamos ficcionalizando nuestra vida y la vida de otros, inventando historias que nos ayudan a entender por qué hacen lo que hacen, dicen lo que dicen o no dicen lo que callan.

Necesitamos relatar para entender, relatar para vivir y para sobrevivir. Esto último puede comprobarse en las últimas páginas de la novela cuando Wheleer destapa en qué consiste el grupo de “interpretación” o espionaje en el que se involucra Mr. Deza. Relatar, novelar, ficcionalizar la Historia y la propia historia. El hombre necesita vivir de historias que no se acaben, de personajes que no cambien, de los que no podamos dudar y que queden siempre fijos en nuestra memoria, convirtiéndose en más reales que nosotros mismos: “Pese a esa puerilidad del novelista con la que inicié esta disertación; es más, pese a su ingenuidad radical y su exceso de credulidad; pese a lo absurdo de su labor, a sus trampantojos y sus ilusiones, sus entelequias y sus pompas de jabón, ese novelista que inventa es el único facultado para contar cabalmente, a diferencia de los ya mencionados cronistas, historiadores, biógrafos, autobiógrafos, memorialistas, diaristas, testigos y demás esforzados de la narración abocados a fracasar. Necesitamos saber algo enteramente de vez en cuando, para fijarlo en la memoria sin peligro de rectificación.” (Discurso R.A.E)

4 comentarios:

Nicolás dijo...

Que casualidad, todavía no he colgado la Entrada y me has pisado el tema.
Hay sitio para todos. Además mi enfoque es distinto. Espero tu comentario.

Raquel dijo...

La vida tiene estás casualidades... pero como dices, hay sitio para todos.

Me paso por el tuyo,
Un saludo!

Nicolás dijo...

Gracias por tu comentario, me ha dado una idea, pero tienes que escribir mas.
Sin agobios, solamente cosas bonitas.
Primero los exámenes, después la poesia.
Saludos.

Sylvia dijo...

Raquel me ha encantado, te sigo y recomiendo. Enhorabuena...sigue dandole al coco el mundo necesita gente como tú...

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