El hombre y la gente

El hombre y la gente se trata de una conferencia pronunciada por Ortega por primera vez en 1934 en Valladolid y póstumamente publicado en 1957. Ortega comienza su exposición con una crítica a la sociología y a la ineptitud que tiene para no decir nada. Para saber qué es eso de lo social cree que es necesario entender qué es el Yo con referencia al Mundo, al Otro y la Gente. A estas tres divisiones correspondan las tres partes en las que podemos dividir el libro.

Como decimos, la primera parte que iría del capítulo primero al tercero donde expone como el Yo, aunque es por naturaleza soledad, sólo puede darse junto al Mundo. En estos capítulos nos presenta al hombre contemporáneo que vive ensimismado como un animal, en vez de vivir que es optar por la acción y el pensamiento. En el capítulo II “La vida personal”, da un paso más y nos dice que lo propio del hombre es la elección. El ser del hombre no le viene dado, sino que tiene que estar continuamente eligiendo y, por tanto, haciéndose. En este sentido, la vida personal es circunstancial. No podemos obviar que en esta configuración tiene gran importancia el Mundo, puesto que todo lo que hay en el Mundo hace referencia a mí. Como yo sólo puedo vivir mi vida de manera personal e intransferible, todo lo que conozco o me sucede configura “mi” mundo.

Hasta ahora hemos visto cómo el Yo aparece con el Mundo y lo ve en perspectiva, todo se le da de la siguiente manera: como aquí, ahí o allí según la tercera ley. Pasamos a la segunda parte en la que nos muestra como conocemos al Otro. En el capítulo cuarto se nos habla de cómo se nos aparece el Otro y se nos comienza a hablar de las relaciones sociales. Pero, para ver este tema el más interesante es el captítulo V, “La vida inter-individual. Nosotros-tu-yo”, en el que entra en diálogo con las tesis husselianas, lo que sirve para exponer su propia teoría. El primer teorema social consiste en que antes de que cada uno de nosotros cayese en la cuenta de sí mismo, había tenido ya la experiencia básica de que hay los que no son yo, los Otros (p. 112). Esto llega hasta tal punto que en la página 117 llega a afirma que “la primera persona es la última en aparecer”.


Pasamos a la tercera, en la que comprendemos como aparece la Gente. Si nos preguntamos por lo esencial de la sociedad, lo que genera, son los usos. Ortega llama “uso” a lo que pensamos, decimos o hacemos por lo que se piensa, se dice o se hace. Los hechos sociales son primariamente usos (costumbres, hechos, normas...). Estos usos no surgen originariamente del individuo sino que son impuestos por la sociedad o por la Gente. Si no los seguimos, la sociedad ejerce represalias contra nosotros. Los usos son irracionales e impersonales; nos permiten prever la conducta de los individuos que no conocemos, permiten la casi convivencia con un extraño. Un ejemplo de esto sería el hecho de saludar dando la mano, expuesto en el capítulo IX y X, “Meditación del saludo”. Se trata de algo convencional, nadie lo ha decidido, por tanto, nadie lo va a cambiar y si cambia lo hará por otras razones. En este sentido se entiende la afirmación de Ortega de que la gente es nadie: lo que hacemos porque es uso, porque se acostumbra, no lo hacemos con nuestra razón y por cuenta propia, sino porque se hace, pero quien lo hace es “la gente”, es decir, todos, nadie determinado: nadie.


En el último capítulo, se expone cómo las vigencias sociales se influyen en la opinión pública, que es, a su vez, fundamento del Estado y lo político. De forma muy dura Ortega expone como la “opinión pública” es el poder de la Gente que continúa vigente por la coacción. Funcionamos con personas que no conocemos gracias al poder coercitivo del uso. La máxima expresión de la “gente”, como sujeto social, es el Estado, por lo cual puede decirse que la sociedad es coacción. Aunque estas palabras posean un eco determinista, tremendista y, casi, marxista, debemos tener en cuenta que para el filósofo vasco los usos nos dan la herencia del pasado y nos ponen a la altura de los tiempos. Porque hay sociedad puede haber progreso e Historia.

Para terminar quería resaltar como la capacidad de adelantarse a los tiempos presentes demuestran que Ortega conocía muy bien la sociedad, lo cual le permite ofrecer acertadas reflexiones en análisis muy tempranos. De la misma manera que nadie ha dicho nada nuevo sobre el arte de Vanguardia que él no dijera en “La deshumanización del arte” (1925), impresiona una reflexión tan acertada sobre los medios de comunicación en ese momento. A este respecto también debemos señalar que no siempre acierta en lo que afirma que desaparecerá: igual que no ha desaparecido la novela tal y como apuntaba en el libro de 1925, tampoco se ha erradicado el saludo mediante la mano. Quizá es que Ortega se adelantó mucho más allá de nuestros días. El tiempo lo dirá.

Todo es palabra, lanza y escudo

Escribir es peligroso (y que te lean más). ¿Qué son las palabras sino lanzas que arrojamos contra nuestra fiebre y con las que también, no caben ingenuidades, provocamos dolor e, incluso, la muerte, la de otros y la nuestra? Pido perdón por las veces que ofendí, lastimé y herí de muerte. La palabra es la lanza con la que estoqueamos la realidad y con la que conseguimos incluso cambiarla: “Son muchas las razones que se han barajado para explicar tanto la fuerza como la necesidad de la ficción. Suele hablarse —yo mismo lo he hecho en otras ocasiones— de la parvedad de nuestras existencias reales, de la insuficiencia de limitarse a una sola vida y de cómo la literatura nos permite asomarnos a otras o incluso vivirlas vicariamente, o atisbar las nuestras posibles que descartamos o que quedaron fuera de nuestro alcance o no nos atrevimos a emprender.” (Javier Marías. Discurso RAE 2008)

Esto nos abre otro punto interesante: cómo se conoce a las personas y a los personajes (y cómo nos conocemos nosotros mismos por lo que nos dicen ellos). Cómo los interpretamos, es decir, cómo los traducimos a nosotros mismos. Y esto lo hacemos, principalmente, por las palabras que profieren. Las palabras son cargamentos de significados, pero no hablan por sí solas, hace falta interpretarlas: acompañados de un titubeo o una mirada esquiva pueden decir todo lo contrario de lo que un mero análisis lingüístico proporcionaría. Hablar, recordar o relatar es necesariamente ficcionalizar. Constantemente, el personaje en la novela y el nosotros, lectores, en la realidad, estamos ficcionalizando nuestra vida y la vida de otros, inventando historias que nos ayudan a entender por qué hacen lo que hacen, dicen lo que dicen o no dicen lo que callan.

Necesitamos relatar para entender, relatar para vivir y para sobrevivir. Esto último puede comprobarse en las últimas páginas de la novela cuando Wheleer destapa en qué consiste el grupo de “interpretación” o espionaje en el que se involucra Mr. Deza. Relatar, novelar, ficcionalizar la Historia y la propia historia. El hombre necesita vivir de historias que no se acaben, de personajes que no cambien, de los que no podamos dudar y que queden siempre fijos en nuestra memoria, convirtiéndose en más reales que nosotros mismos: “Pese a esa puerilidad del novelista con la que inicié esta disertación; es más, pese a su ingenuidad radical y su exceso de credulidad; pese a lo absurdo de su labor, a sus trampantojos y sus ilusiones, sus entelequias y sus pompas de jabón, ese novelista que inventa es el único facultado para contar cabalmente, a diferencia de los ya mencionados cronistas, historiadores, biógrafos, autobiógrafos, memorialistas, diaristas, testigos y demás esforzados de la narración abocados a fracasar. Necesitamos saber algo enteramente de vez en cuando, para fijarlo en la memoria sin peligro de rectificación.” (Discurso R.A.E)

Todo es novela, dolor y fiebre

Perdón por el retraso y por la espera, o por esperar que me esperaseis. Algún día contaré todo lo que está pasando y no se puede contar. Por eso he querido enmendar mi error con unas pequeñas notas sobre la dificultad de contar a partir de la lectura Tu rostro mañana. 1 Fiebre y Lanza de Javier Marías.

Tras la lectura de Javier Marías se acaba pensando que la mejor manera de expresar la dificultad de contar sería no seguir escribiendo ni una sola palabra, ni siquiera volver a abrir la boca nunca más con la intención de profesar algún sonido. Y, sin embargo, ¿por qué existe esa necesidad de preguntarnos por qué, esa necesidad de retener la realidad, eternizar el presente y, aunque nos duela no poder lograrlo, lo intentamos una y otra vez? Marías en el primer volumen de Tu rostro mañana, comienza intentando solventar este escollo, pronunciar una leve explicación que no explica nada, que seguramente duela a quien la escribe y de seguro inquieta a quien lo lee. Nada, nada puede decirse y constantemente estamos diciendo, tirando de la lengua y hasta metiendo la pata: “En el momento en que interviene la palabra, en el momento en que se aspira a que la palabra reproduzca lo acontecido, lo que se está haciendo es suplantar y falsear esto último.” Esta concepción cambiará en el capítulo segundo “Lanza” en el que se indica que, pese a lo dicho, sólo la palabra nos salva, que sólo el relato de nuestra vida nos permite vivirla.

¿Por qué nada puede decirse? Quizá habría que matizar que nada puede decirse con exactitud debido a la limitación de nuestro conocimiento, porque no poseemos nunca la información total de los elementos de la realidad, porque no recordamos todo lo pasado y ni siquiera acertamos a imaginar qué será del futuro. Entonces, ¿qué ocurre con la Historia?La Historia no es más que relato, toda historia relatada está novelada que, por supuesto, no tiene nada que ver con inventada: “Cualquiera que se dedique a contar algo cierto, algo pretendidamente verídico, algo ocurrido o acaecido, sea un cronista, un historiador, un memorialista, un biógrafo, será siempre susceptible de ser corregido, enmendado, aumentado o desmentido."

Y si todo es historia, relato y, de alguna manera, ficción, ¿dónde queda la verdad? En analogía con el conocimiento podríamos decir que la verdad en el relato está cuando se adecua con lo que realmente pasó, pero no en todo lo que contamos existen testigos que verifiquen que fue así y, en la mayoría de los casos, la verdad es que ni los necesitamos. Sin embargo, intentamos ser lo más fidedignos posibles, pues si no, no estaríamos desarrollando todo este excurso acerca de la dificultad de contar. Si aceptáramos la falsedad como posible todo sería más bien fácil y todo iría perdiendo su valor. Nuestro relato vale proporcionalmente el crédito que le dé el espectador. De hecho no podemos dejar de hacerlo, estamos continuamente presuponiendo que a quien escuchamos o leemos nos está diciendo algo de verdad, si presupusiéramos la mentira no atenderíamos más que a esperar el momento de marcharnos.
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