¿Filosofar o jugar? El juego de la vida o la filosofía del juego

“Este libro es en realidad sólo un álbum”, decía Wittgenstein en el prólogo de las Investigaciones Filosóficas. Y ¿Es que los filósofos podemos hacer algo más que inmortalizar pensamientos y ponerlos por escrito? Una amiga siempre dice que si algún día escribe sus memorias lo hará en forma de postales. Pequeñas reflexiones sobre los sitios que ha visitado y, sobre todo, de las personas que ha conocido. Siempre me remarca este punto: porque lo más importante de unas memorias es hablar de cómo hemos llegado a conocer a ciertas personas importantes o cómo hemos llegado a influir en la vida de otras. Por personas importantes yo entiendo cualquier persona, porque cada una entreteje nuestra vida.

Hasta qué punto un pensamiento que considero tan propio y original no es sino el fruto de aquella frase de aquel libro que encontré por casualidad, o aquella discusión en aquella cena que no quisimos que acabara. Esto último me lo recordó hace poco otra gran amiga. Hablábamos por teléfono y yo le contaba emocionada unos cuantos proyectos que tenía entre manos y de los que estaba muy orgullosa, cuando me dijo algo que me sorprendió: “Bien, ya le estás dando forma a nuestras comidas de los viernes”. ¿Ya le estoy dando forma?, ¿cuándo hemos hablado de todo esto? Parece ser, aunque yo no me acordara, que todas mis ideas originales se habían forjado al calor de esas conversaciones.
¿Qué hubiese sido de la filosofía si se hubiese empeñado en continuar en su pensamiento erróneo? Muchas veces nos afanamos en buscar una escuela o un autor con el que más o menos estamos de acuerdo y adherirnos a ello. Ahora bien, ¿eso significa que no podamos estar de acuerdo con otros filósofos? ¿Por qué ese empeño de regirnos exclusivamente por lo que dice un filósofo si seguramente no le dio tiempo a hablar de todo? Quizá el buen filósofo no es el que se dedica a pensar sin más, sino a mirar la realidad, a reflexionar y, hacer reflexionar, en cómo mejorarla.

Wittgenstein en Investigaciones Filosóficas habla de lo difícil que resulta establecer el concepto, el límite de juego y, sin embargo, ¿sabemos acaso qué es la vida, dónde establecer su principio o su final? Me pregunto si la vida no será un juego sin reglas en el que simplemente gana el que más juega. Aunque interpretemos, la vida no es un teatro. Aunque soñemos, la vida no es un sueño. Aunque no juguemos, la vida es un juego, que ganas si no pones reglas, si no enseñas las cartas. Nos dedicamos a ir a tientas, interminablemente somos niños jugando a ser adultos, jugando a entender, jugando a correr. Sin embargo, ahora se impone el juego del sobrevivir. Yo me resigno a jugar así, me quedo sentada en mi jardín antes de querer, sin más, sobrevivir, antes de perder la amistad por competir, antes de perder el amor por tener miedo a sufrir.

Nada sería más fácil que encontrar el guión de esta obra de teatro tras el escenario, las instrucciones del aparato en el cajón o las reglas en la caja de juegos en el fondo del armario. Pero nadie dijo que la vida fuese fácil, todo ello se nos va dando en el camino. Qué papel nos han otorgado, cómo funcionan los sentimientos, cómo ordenar nuestros recuerdos en el álbum de los pensamientos con el que he comenzado este ensayo. Es el desconocimiento de sus reglas donde se encuentra la incertidumbre, donde está la magia. C’est la vie.

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