¿Dónde está la felicidad?

Aunque últimamente sólo hablo de la revolución en sentido histórico (Mayo del 68), la Revolución debe llevarse a cabo en todos los aspectos, y la ciencia, por tanto, no queda excluida. Por eso os recomiendo una entrevista publicada en XLSemanal a los hermanos Fuster. Son dos de los mejores científicos del mundo en su especialidad: el cebrero, uno; el corazón. Aunque os recomiendo la lectura íntegra, sobre todo, del medio al final, os copio algunas preguntas interesantes:

XL. Un corazón y un cerebro sanos, unos hábitos saludables, ¿acaban generando biológicamente felicidad?
J.F. Eso, eso. Probablemente generan cierta ‘felicidad’ por secreción de ciertos neurotransmisores. Pero más sana y genuina es la felicidad de hacer lo que está en nuestro poder para la felicidad de los demás. (...) Por favor, no confunda el placer con la felicidad. El hedonismo moderno es antitético a la felicidad auténtica, como lo es al amor auténtico.
V.F. La felicidad es dar, más que recibir. Tan simple como eso. Todas las demás felicidades son típicas de anuncios de televisión y promesas sintéticas. Ahora, el optimismo y la sensación de controlar nuestra vida tienen un impacto muy positivo en nuestra salud. También física, ya que por lo general la persona que tiene la sensación de control come mejor, encuentra tiempo para practicar ejercicio, se relaciona con los demás y tiene una autoestima más alta.

XL. En la antigua Grecia, filosófo y científico eran casi sinónimos. ¿Y hoy?
J.F. Sí, sí. El investigador es un filósofo, aunque no se dé cuenta de ello. Usa la lógica, que es rama de la filosofía –sobre todo, de la aristotélica o cartesiana– para comprender la naturaleza.
V.F. El científico estudia lo tangible. La ciencia es cuantificable. Sin embargo, todo científico se plantea cuestiones no cuantificables aún y, por tanto, entran en el campo de la filosofía o la metafísica. Sin embargo, a veces los científicos caemos en el error de ignorar conceptos que no podemos cuantificar, por miedo o arrogancia. Y hay que salir de esta actitud. Por ejemplo, ¿cómo explicar o cuantificar algo tan intangible como el alma o el espíritu? Muchos pretenden hacerlo. Para un científico, hay dos actitudes ante lo desconocido: si algo no es cuantificable, «no me interesa porque soy científico». O una actitud menos arrogante, por la que yo apuesto: «De acuerdo, no lo entiendo, pero me fascina no entender y observar, simplemente». La ciencia no tiene respuestas para todo.

XL. Por cierto, ¿qué decide nuestra conducta más allá de lo biológico? ¿Existe realmente la voluntad o somos marionetas de nuestros genes, de nuestra infancia, del ambiente y de lo que nuestras glándulas secretan?
J.F. El concepto de un centro de la voluntad en el cerebro (en el lóbulo frontal, por ejemplo) es otro mito. ¿Que si se puede reducir todo a determinantes biológicos? Pues sí, en términos probabilísticos, el resultado de la competición y reconciliación de una infinitad de exigencias afectivas, instintivas, cognitivas, etc. Pero tenga en cuenta que algunas de estas exigencias vienen de ciertas redes neuronales de la corteza que representan los principios éticos y morales, los cuales rigen, o tendrían que regir, nuestra conducta social. Estos principios son producto de la cultura y la educación, además de la ley natural. Para resumírselo: hay en el cerebro un sistema de principios sin los cuales la sociedad sería un caos de crimen, miseria y desespero. (...)
V.F. En nuestro comportamiento juega un factor no cuantificable del que ya he hablado antes: el alma, ese misterio de las personas que nos distingue de los otros seres vivos del planeta.
XL. Según la doctora Hellen Fisher, estamos hormonalmente condenados a desenamorarnos de nuestra pareja en unos cuatro años, a partir de la disminución de oxitocina y del aumento de endorfinas que nuestra pareja nos estimula. ¿La biología nos gobierna más de lo que nos cuenta Hollywood?
J.F. Con mi esposa, acabamos de celebrar nuestras bodas de oro, con todos mis hermanos presentes. ¡¿Qué oxitocina y qué monsergas...?!
V.F. Y muchos de mis pacientes han celebrado sus bodas de oro con una vida en pareja plena, también sexualmente, porque tras 50 años juntos la comunicación y la complicidad son totales, también en ese terreno. Tengo pacientes de 80 años que viven el sexo con su pareja de una forma más intensa que un joven sano de 30. La clave del amor es la comunicación.

2 comentarios:

Mª Ángeles Arce dijo...

Interesante esta entrada. Hace poco leí la teoría de la doctorara Hellen Fisher, así que me ha gustado conocer la voz de otro científico.

Me encanta que el interés de este blog apunte hacia temas tan diversos: historia, filosofía, ciencia, poesía, cine..., de todo y de todos aprendemos.

Gracias!!!

Raquel dijo...

Muchas gracias a los que me leen y me ayudan a mejorar mis entradas con sus comentarios. Aunque lo haga yo, el blog es vuestro.

Un abrazo fuerte!

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