Todo se vuelve literatura

Estoy harta de escuchar hablar de la filosofía como un saber menos rico o menos preciso que la ciencia. Estoy harta de que después de una cara de sorpresa al decir que estudio filosofía tenga que aguantar la pregunta: pero, en realidad, “¿eso para qué sirve?” Estoy harta de tener que explicar que no sólo lo que se ve es verdadero y que hay otro tipo de argumento válido que no es el empíricamente contrastable. Los mismos filósofos nos dejamos engañar por el monstruo científico y ya sólo aceptamos las evidencias. Fueron los mismos filósofos los que quisieron hacer de la filosofía una ciencia, sin embargo estoy de acuerdo con Wittgenstein cuando afirma que “los filósofos han tenido ante sus ojos constantemente el método de la ciencia, y han sido tentados irremisiblemente a plantearse cuestiones y a responderlas como lo hace la ciencia. Esta tendencia es la fuente real de la metafísica y lleva al filósofo a una completa oscuridad”.[1]

Los filósofos del Círculo de Viena se engañaron. Se dejaron llevar por los resultados de la ciencia y se olvidaron que lo que se espera de la filosofía no es eso. Desde Descartes se nos presenta la propuesta de una ciencia útil para la vida que nos convierte en dueños de la naturaleza. A partir de entonces se hizo imposible englobar las Letras y las Ciencias en el mismo concepto de cultura. Desde ese momento hay dos culturas, no sólo dos maneras de entender el mundo, sino dos mundos emanados de dos tipos de investigación, dos intelectos antagonistas que hablan lenguas diferentes. Ya afirmó Percy Snow en 1959, en una conferencia en Cambridge, “que la vida intelectual de la sociedad occidental tiende cada vez más a escindirse en dos grupos distintos (...). En un polo tenemos a los intelectuales literarios que empezaron a calificarse un buen día, en secreto, de “intelectuales” sin más, como si fueran los únicos que tienen derecho a este derecho, a esta apelación. En el otro, los científicos, entre los que los físicos son los más representativos. Entre ambos, un abismo de mutua incomprensión”
[2].

Será a partir de entonces cuando el mundo empiece a embelesarse con el sueño de la ciencia: dominar el mundo para convertir al hombre en un dominador. Ya no interesa tanto entender el mundo como dominarlo. El libro de la naturaleza se cierra, deja de ser libro en el momento que ya no sirve para observar el esplendor divino. Se cierra la edad simbólica, que sólo continuará en la poesía, y se abre la edad operatoria. Con el avance de la ciencia, la naturaleza queda desencantada, de modo que queda sujeta a la experimentación e instrumentalización.
La revolución galileana hace que se convierta en imprescindible el dato: lo real y verdadero ya no se revelan, se demuestran. De Descartes hemos recibido que la seguridad en esta vida no puede proceder más que del método, y del método mismo, la ideas absolutamente claras y distintas, compuestas con orden y medida. Se acaba el sueño de la unidad de los saberes renacentista y surge el divorcio entre la ciencia y la filosofía.


Con el avance de la ciencia todo lo demás “se vuelve literatura”, como dice Finkielkraut[3]. El divorcio entre el dato y lo verdadero es mortal para la filosofía. Subsiste, permanece, se desarrolla hasta nuestros días, pero pierde todo su prestigio. Ya no es el saber por excelencia, si los argumentos no son empíricamente demostrables quedan arrinconados en el ámbito de la opinión. ¿Dos culturas? En todo caso, desde que reina el método sobre el saber, y lo real se identifica con lo calculable, es lícito, y hasta natural, emplear la palabra “poesía” en el sentido de inepcia, de elucubración, de especulación o simplemente de algo absurdo. Sigue vigente la sensación que describe Brian Magee en el texto, de que los filósofos occidentales son más bien charlatanes con los que no merece la pena relacionarse.[4]

Decidimos soñar con la ciencia porque creímos que nos haríamos dueños del mundo, y así ha sido, pero ahora la ciencia se ha hecho dueña del saber. La tendencia a pensar que todo lo podrá explicar el método científico, es cada vez mayor para los científicos, pero sobre todo para los cientificistas, para quienes todo lo inexplicable es cuestión de tiempo. Sin embargo, olvidan que el ámbito por excelencia de las cuestiones es la filosofía.

Parece como si la filosofía, desanimada por no poder haber logrado estar entre las ciencias, vuelva cabizbaja al mundo humanístico que anteriormente repudió. Hay que volver a otorgarle su posición más alta entre los más altos saberes, y eso nos corresponde a nosotros. ¿Por qué no ser simplemente 'filósofos' sin adjetivo alguno? La filosofía será lo que hagamos los filósofos de ella, pero nunca lo que la ciencia quiera. Por el momento, haciendo eco a la conocida frase de Gilson, cabe decir con Putnam que la filosofía acaba enterrando siempre a sus sepultureros.
[5]

[1] J. Nubiola, Neopositivismo y filosofía analítica: balance de un siglo.
[2] A. FinKielkraut, Nosotros, los modernos, Encuentro, Madrid, 2006, p.115
[3] A. FinKielkraut, Nosotros, los modernos, Encuentro, Madrid, 2006, p.106
[4] J. Nubiola, Neopositivismo y filosofía analítica: balance de un siglo.
[5] J. Nubiola, Neopositivismo y filosofía analítica: balance de un siglo.

2 comentarios:

Pinkys dijo...

a mi me parece que la ciencia en la búsqueda de su precisión lo que ha perdido es la escencia y si no regresa por ella donde nacio (lease filosofia) esta destinado a vivir en la obseción de conquistar lo inconsitable...

-J

con lo que respecta a la pregunta “¿eso para qué sirve?” a todas las profesiones nos pasa jeje vivimos desconectados de los otros.

Raquel dijo...

Gracias Pinkys por tu comentario y por tus ánimos. ¿realmente es inconquistable lo que quiere conquistar la ciencia? Aunque creamos que sí, el problema es que ella no se lo cree y por tanto no se "rebajará" a volver a la cuna donde nació ni para escuchar la opinión.

La ciencia es una hija malagradecida que quiere erigirse en madre de todo lo creado.

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