Vivir deprisa, leer despacio

Tenía una cita y llegaba tarde, para variar. Envié un mensaje para avisar que me retrasaría, ya que mi materia no me dejaba estar en dos sitios a la vez ese día. Corrí todo lo que los malditos tacones me dejaron y como ocurre siempre que se acelera demasiado, no había nadie. Llamé para que vinieran a recogerme. Tuve la gran suerte de tener un sitio cerca donde esperar. Un banco de madera situado en el borde izquierdo de una gran plaza en la que no se distinguía el color del suelo y el de los edificios que la rodeaban, tenían el mismo color.

Me senté y, por un momento, sentí que no tenía nada que hacer, era un tiempo dedicado a esperar y a observar. Aproveché para fijarme en el resto de personas de la plaza. Nadie más estaba sentado, todos eran engullidos por las puertas de un supermercado que se encontraba cerca. Todos corrían, incluso sin motivo. Una anciana corría detrás del bastón que hacía avanzar rápidamente con la mano, las palomas recogían sin descanso las colillas caídas y las nubes avanzaban cada vez más oscuras.

Uno de los mitos más dañinos para la juventud es el de "vivir intensamente". ¿Vivir deprisa es sinónimo de vivir intensamente? La noción romántica de "vivir deprisa y morir joven" se ha sustituido por el "vive deprisa y no morirás nunca". Por un lado, se confía tanto en que la ciencia nos salvará a todos de una muerte pronta y dolorosa que ni siquiera nos la planteamos. Por otro lado, la sociedad del consumo y la cultura de la imagen sólo presentan fugacidad que no puedes dejar de ver, que no puedes dejar de comprar. Para que hoy se entienda el tópico "carpe diem" hay que añadirle "now".

Tener la posibilidad de hacer más cosas en un número menor de tiempo es fantástico, pero muchas veces la instantaneidad desecha muchas oportunidades fantásticas porque requieren tiempo prolongado. Hay que aprender a conjugar la rapidez con la tranquilidad, a vivir deprisa y leer despacio.

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