La autoridad de la palabra

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¿Y si escribir fuera algo tan vital para el hombre como comer? Algunos sostienen que es así. La escritura conlleva un nivel de reflexión mayor que el lenguaje oral, lo escrito tiene más peso y consistencia. Las palabras pueden ser plumas que se van con el viento o pueden convertirse en piedras colgadas al cuello. Por esa razón debemos ser muy conscientes de todo aquello que decimos y a quién se lo decimos, de lo que escribimos y quién queremos que nos lea. La sociedad actual, en un alarde de superficialidad, defiende a toda costa la autenticidad y por ello no entiende que comunicar un mensaje de diferente manera no es porque la persona cambie, sino que los que escuchan son diferentes.

Uno aprende de la vida escuchando, pero lo que le podemos enseñar a la vida lo hacemos escribiendo. Saber decir es saber pensar. Sólo el que piensa bien y con claridad es capaz de escribir algo que valga la pena. Como decía María Zambrano escribir es densar la propia alma. Es necesario densar y rumiar. Por la palabra nos hacemos libres y luego el tiempo nos atrapa. La rapidez mata ese momento reflexivo que se presupone.


La instantaneidad de la imagen hoy en día tiene más fuerza que la palabra escrita. ¿Cómo devolverle la autoridad a la escritura? Siempre hace falta que alguien cuente historias. La palabra escrita consigue revolver las entrañas de una manera que la imagen no alcanza a vislumbrar. Para revalorizar la escritura hay que escribir bien apelando a algo más trascendental que un fugaz instante en color.
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Silencio

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Durante unos días sólo ha habido silencio... normalmente el silencio se interpreta como ausencia de pensamiento u opinión. No sabe, no contesta; por tanto, silencio. Lo que ya no es tan habitual es darse cuenta de la relación entre el silencio y la reflexión. El silencio conduce a la reflexión, no es enemigo de las palabras sino que ayuda a valorarlas. El silencio es quien calibra nuestras acciones y experiencias, el lugar donde lo más profundo llega a lo más vivo. Sin la reflexión sobre lo vivido no hay nada aprendido, no hay materia para la contemplación. El pensamiento queda en silencio pero porque está vacío, se duerme, muere. Sin embargo, si el silencio conduce a la reflexión lo que obtenemos es una brújula para la vida.

La época contemporánea es una exaltación de lo superficial, de la exterioridad, de todo lo que se signifique espectáculo. La reflexión ha perdido todo el valor que algún día pudo tener. La postmodernidad está enmascarada de la fragancia de lo efímero y no hay nada más efímero que las modas. Es natural en el hombre buscar una asimilación social, algo que no le convierta en un extraño. Las modas, en todos los campos aunque ahora me refiero al del pensamiento, se convierten en el principio de unión cuando los demás principios caen o son inexistentes. Se erige así el imperio de la imagen que ya no refleja la realidad, sino que se basa en simulacros que algunos han denominado como creación de comunidades de vanidad llenas de narcisistas.

Llevado al extremo, el imperio de lo efímero conduce a rechazar todo aquello que suene a pasado o a eterno. Conduce a rechazar de manera injusta a todo el que no esté dentro, pero es todavía más injusta porque élla misma ha desterrado valores que ayudan a desarrollar las personalidades sin la que no te aceptan. La superficialidad es injusta porque sólo tiene en cuenta el brillo sin mirar si es plata u hojalata, porque le importa que deslumbre aunque sea sólo por un instante.

Examinando esto detenidamente nos percatamos de la necesidad de la reflexión, de relativizar todo aquello que suene a fulgor y buscar valores ulteriores. La reflexión nos ayuda a ver la verdad de las cosas y el conocimiento de la verdad nos ayuda a actuar según la realidad. Esta actuación, de acuerdo con la realidad, no debe ser pasiva sino activa. La reflexión debe llevarnos a construir culturas alternativas donde salga rentable ser bueno, donde se vuelvan a valorar aspectos positivos de la persona de manera justa, donde quepa un silencio que lo diga todo.

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