Nada que ver

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Hace dos meses que le dolía la cabeza. Pensó que podía ser causa de una disminución de la vista que le hacía forzar demasiado los ojos. Había decidido volver a ocuparse de sí misma y empezaría por ir al oftalmólogo para poder ver con nuevo enfoque su vida. Algunas personas ven el mundo de color de rosa, pero sus ojos siempre habían pintado de azul lo que queda entre el mar y el cielo. Sin embargo, ahora un gris tormentoso arrebataba su mirada. Llegó a la consulta tarde, pero no se preocupó ya que todavía estaban esperando una chica con gafas oscuras, un señor mayor con un parche negro en un ojo y una madre con su hijo estrábico. La chica de gafas oscuras le contó que el retraso se debía a que un hombre ciego estaba dentro con el médico. ¿Y para qué quiere un ciego un oftalmólogo? Las necesidades son misterios personales.

Le costó llegar a casa, había pensado que las gafas le quitarían el dolor de cabeza, que ahora se veía multiplicado. Se quitó las gafas, como quien se quita los ojos y con ellos todas las preocupaciones que se concentraban en el entrecejo. Abrió los ojos al abismo de la oscuridad y se incorporó súbitamente. Se colocó las gafas torpemente y parpadeando hasta ver más allá de ella misma se volvió todo blanco para sus ojos. Pestañeó en un intento inútil de ver algún tono más profundo. Las manos se desprendieron del cuerpo y palparon las paredes en busca del interruptor. La luz no deja de iluminar a ojos ciegos, pero su presencia sólo es la esperanza de volver a ver. Esta vez no podía retirarse el pañuelo de la cara, como cuando de pequeña jugaba a que ser ciega. Se cogía a la mano de su madre, luego haciéndose la experta la soltaba hasta chocar con el bordillo de la acera. La vida adulta se parece más un juego de cartas donde se apuesta según las que se tiene y por las que se piensa que tiene el resto, pero si nadie puede ver sus cartas el juego ya no tiene sentido.

Se sentó en el sofá y encendió el televisor, una vez más no había nada que ver. Sólo el sonido de las voces, que tampoco intuían su existencia, mataron su aislamiento. Hizo un breve recuento de todas las personas que conocía, como si quisiera guardar impresa en su mente su caras para no sentirlos extraños cuando hablara con ellos. Estuvo allí petrificada una hora o varias porque el tiempo empezaba a perder fuerza y a cada momento todo se volvía más incomprensible. Pero por fin se paraba a observar la algarabía de su vida y sentía que el filo de la soledad desgarraba aquella habitación. Descolgó el teléfono varias veces pero no se sabía ningún número importante de memoria. Apagó el televisor y puso la radio, ya que ésta siempre intenta describirte en palabras todo lo que no puedes ver. No escuchó una palabra. Agarró un par de álbumes que guardaba en la parte más alta de la estantería de libros, que ahora no eran más que un decorado tétrico. Un leve tropiezo imperceptible a un ojo sano hizo saltar los álbumes de sus manos, desparramando las fotos por toda la habitación.


Antes por la ordenación podía a qué época pertenecían las fotos. Ahora sólo tenía un montón de caras volando en su imaginación. Se acurrucó entre las fotos que cubrían el frío suelo. Demasiado tiempo había pasado sin querer ver la realidad por lo que no pudo evitar contener las lágrimas de sus inútiles ojos. Lloró de arrepentimiento y de rabia, se lloró a sí misma como si ya estuviese muerta. Deseaba volver a ver tanto que estaba dispuesta a dar lo que fuera. Cuando de nuevo abrió los ojos había recuperado la vista, pero todas las fotos se habían borrado, mostrando el mismo blanco inmaculado que anteriormente habían visto sus ojos.


1 comentario:

Jaime dijo...

Estimada Raquel,

Me parece un excelente relato, que arranca con fuerza y muy bien escrito, pero que —como suele decirse— desfallece a mitad del camino, justo cuando se le cae el álbum con las fotos.

Seguro que en estás vacaciones puedes trabajar un poco más el final.

Afectuosamente,

Jaime

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