La vocación de la escritura filosófica



Es fácil entender al filósofo cuando se compara con un enamorado. El amor no es menos que el deseo de seguir conociendo y de hacer los lazos de unión eternos, como ya dijimos. Por ello la escritura de la filosofía es sin duda una vocación. Pero no como la llamada de algo externo, sino como la llamada del sujeto mismo al sujeto externo para responder con un sí. Una vez oí decir a una preofesora que “se trata de que sólo estudien filosofía aquellos que tengan vocación, pero ninguno de los que tienen vocación debería dejar de estudiarla por cualquier factor externo” . ¿Qué sentido tiene saber algo uno solo? El conocimiento, como el amor, debe ser difusivo llevándonos al otro. Si la filosofía no nos lleva a escribir los pensamientos ¿dónde nos puede llevar? ¿A un mundo ideal? Aunque el conocimiento esté dentro de uno mismo no podemos girar siempre sobre nuestro eje.

El empeño de la escritura está frecuentemente marcada por una originalidad y una imaginación que suscitan admiración. La escritura, como testimonio del amor a la sabiduría, resulta especialmente eficaz cuando se comparte para que el mundo conozca. Nuestra relación con el mundo es el lenguaje; retrasando el aprendizaje de la escritura, retrasamos nuestro entendimiento de la realidad. El escritor tiene como utensilio la palabra y como don la imaginación para crear mundos. Lo mismo da que ésta palabra sea digital, que el pensamiento esté en un mundo electrónico. Escribir consiste en investigar desde el interior, urgando dentro del hombre, y transformar con ello el exterior.

Todo lo demás son sólo medios que debemos saber utilizar ya que hoy somos víctimas de la propaganda que impone una manera única de ver el mundo. El filósofo debe exponer la Verdad, desmantelando esta irrealidad No podemos temer la discusión, relegar el enfrentamiento crítico en favor de una mejor convivencia. No hacemos ningún favor. “Todo lo que se necesita es la disposición a aprender del interlocutor en la discusión, lo que incluye un deseo genuino de comprender lo que este quiere decir. Si hay esta diposición, la discusión será tanto más fructífera cuanto mayor sea la diferencia de punto de partida de los interlocutores”[1].

Lo más fácil en las noches oscuras, cuando uno sólo tiene una hoja en blanco o mil y una ideas; cuando uno se siente sobrepasado o angustiado, es rechazar la vocación, pero sólo ahí se descubre. En ese momento se traspasa el mero entretenimiento y queda la exigencia. Es una lacra pensar que lo mejor es aquello que no cuesta trabajo, que no necesita sacrificio constante. Rehuir este esfuerzo es traicionar la vocación y, por tanto, aquello que amamos; al Amor, escrito en mayúscula como el mayor de los universales. Aun así la vocación tiene ese algo de misterio y por eso no es extraño andar a trompicones en los primeros años del camino. No podemos encasillar nuestra mente, sino intentar alcanzar lo inalcanzable. ¡Cuántas tesis murieron en su índice y cuántas ideas brillantes no verán la luz!

¿Es que acaso intentarlo y no intentarlo es diferente si se obtiene el mismo resultado? ¿Qué diferencia hay entre escribir y no hacerlo si nadie nos lee? ¿Y entre pensar y no pensar? Lo intentado, lo escrito y lo pensado. Hay cosas que no tienen su importancia por el eco externo que reciban sino por la vibración interna que dejen. No vale con aparentar, con estar y no enterarnos, con quejarnos y no involucrarnos. No vale ni siquiera con que pensemos si no hacemos que otros piensen.

Aquí se encuentra la diferencia abismal entre apariencia y realidad. No es lo mismo el gerundio que el participio como dijo Cela. Cuando se tiene alma poética conviertes el amor y sobre todo el desamor en motivo de inspiración. “Leyendo a Dowtosky me di cuenta de que el mundo tenía habitaciones a las que nunca había entrado, que existían dolores que no había sentido”[2]. Cuando se tiene un alma filosófica conviertes el conocimiento y sobre todo la ignorancia en motivo de investigación. Por eso, de la misma manera que hemos hecho la comparación con el amor, podemos hacerlo con la amistad. Este camino no debemos andarlo solos. Quizá sea necesaria la soledad inicial, el momento de quietud y reflesión, pero eso sólo es el primer paso, y “se hace camino al andar”[3].

El mayor desarrollo de la razón el es que prosigue al diálogo y discusión con un amigo. Cada pensamiento, a su vez, es una nueva amistad en la que debemos profundizar. Que debemos cuidar, no vaya a ser que por olvido o descuido desaparezca. Tememos perder una idea, ver como una amiga se marcha, aunque sea a cámara lenta, porque sentimos en ese momento la posibilidad de que uno mismo pueda desaparecer. Y quizá, incluso después de entender porqué se marchan, no podemos evitar un desgarro en un pedacito del alma. Nos duele porque les cogemos cariño como a los amigos. Y lo hacemos, porque como ellos forman parte de nuestra vida.




[1] K. Popper. En busca de un mundo mejor.

[2] Juan Manuel de Prada, conferencia Reflexiones sobre la vocación de escritor.

[3] Antonio Machado, poema Caminante no hay camino.



1 comentario:

Jaime dijo...

Estimada Raquel,

Me parece que el blog va muy bien.

Pienso que mejoraría la legibilidad si los párrafos llevaran sangrada la primera línea.

En dos posts el primer párrafo no está justificado por la derecha.

Cordialmente,

Jaime

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