El horizonte del filósofo


El horizonte es ese punto lejano que muestra el final pero que siempre se puede traspasar. ¿Dónde está el final en la vida intelectual? Lo primero que hace falta para la reflexión es un principio de conocimiento, y para ello un momento de quietud, de silencio, de atención. Es necesario cerrar los ojos para descubrir un mundo nuevo, con el que siempre habías convivido pero en el que ahora te paseas y husmeas en las esquinas. Deseas llegar a todos los recovecos, y como si de piedras preciosas se tratasen vas regalando los descubrimientos, consciente del gran valor que encierran, consciente de que no todos se percataran de su brillo.

No es muy diferente investigar en filosofía de conocer a una persona. Primero la conoces por fuera, sus rasgos físicos y más superficiales. Te fijas en sus ojos, en su sonrisa. Te interesas por su vida, por su pasado, por sus planes de futuro. Se abre en confianza y descubres el momento en el que ya no es necesario hablar, y entonces como si de magia se tratase unos lazos más allá de ambos unen inseparablemente. Con el conocimiento de la filosofía ocurre lo mismo, uno cuando se enamora desea seguir conociendo más, desea que esos lazos no se rompan, sino que se hagan eternos. Esta unión con la filosofía es lo que completa la vida del filósofo, por no decir que es su vida entera. El filósofo es un enamorado del saber y de la vida, que sólo intenta que los demás se enamoren también.

¿Cómo conseguir ser unos cupidos filosóficos? ¿Cómo hacer comprensibles todas las investigaciones? Las reglas son simples, decir lo que pensamos con espontaneidad, pensar lo que vivimos a través de la reflexión y vivir lo que decimos con el corazón[1].El juego es más difícil pero sólo gana el que busca la verdad, para él y para hacerla llegar a todos, por muy arduo que sea el camino. Sólo quien no se pierda en su búsqueda creyendo encontrar algo de más valor podrá entregar novedad al mundo. Sólo quien está en la cúspide no necesita hacer juicios de valor para demostrar su altura, su profundidad, su sabiduría. Si el filósofo no tiene en cuenta la relevancia humana, poniendo más esfuerzo en el rigor que en no caer en el error, su trabajo será infructuoso y superficial.

Pero para no incurrir en la falsedad se necesita una metodología filosófica. Un ansia por no dejar de aprender, por estar abiertos a cambiar de opinión, por mejorar nuestras argumentaciones y aumentar nuestro rigor sin creer que ya lo sabemos todo. Adquirir la ética del intelecto nos obligará casi con un mandato moral a no abandonar la investigación y al mismo tiempo a no perdernos en el tiempo en la espiral de los problemas. Rápidos pero sin prisa conseguiremos dar la categoría de filosofía a nuestros análisis más cotidianos, abriendo a miles de observadores dormidos sus ojos a la esencia de lo ordinario.

¿Cómo conseguirlo si ni siquiera lo creemos? El amor verdadero sólo con su descripción atrae a todo el que esté atento. Si la filosofía es nuestra vida tenemos un compromiso con ella que nos ayuda a mejorar, a buscar el perfeccionamiento, que no la perfección. Creer en nosotros y creernos lo que hacemos, sin falsas humildades, sin ocultas vanidades es el único secreto para que los demás crean en uno. Con trabajo, porque no hay otra manera, conseguiremos ser magnánimos, disfrutar más con pequeños placeres, con descubrimientos que serán grandiosos. La imaginación se valdrá de nosotros para llevar a cabo su creatividad, para escribir sin tregua.

Una vez se ha emprendido el camino filosófico es imposible dar media vuelta. Se trata de un camino placentero acompañado por la lectura y la escritura, por la conversación y la imaginación, por la preocupación y la felicidad hasta llegar más lejos de lo que ahora vemos como horizonte.


[1] J. Nubiola, El taller de la filosofía

1 comentario:

Jaime dijo...

Estimada Raquel,

Me gusta mucho este texto. Todavía quedan pequeños detalles por pulir. Lo revisamos juntos cuando pueda.

Afectuosamente,

Jaime

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