Aprender a reescribirse



Hoy escribo estas palabras turbada por la sociedad, por el pensamiento juvenil, por las metas y los sueños que han ido degenerando y perdiendo su valor con el paso de los años. Es verdad que es una época difícil en la que reina la confusión, y nuestras mentes andan pululando en un mundo imaginario en el que sólo importa la superficie de la superficialidad. En el que parece inevitable perder el tiempo todavía más inútilmente si cabe, en estúpidos juegos o nuevas tendencias que no llegan a satisfacer nunca nuestra necesidad apetitiva.

Es entonces cuando la monotonía recoge su cetro de poder y reina nuestras prodigiosas vidas, que, demacradas por un mundo repetitivo, van perdiendo poco a poco las los frenos de nuestros carruajes conduciendo hacia una trágica caída por un precipicio . Sin darnos cuenta, nos convertimos en personas muertas, con falta de vivacidad y movimiento y más hundidas en la ineficacia, donde aun las lúcidas conciencias no aprovechan las oportunidades que se les presentan. ¿Quién conoce el propósito de ese virus llamado “conformismo” que ronda por las mentes de jóvenes de hoy en día? ¿Existe la “aspirina” perfecta para la falta de imaginación, genialidad y emotividad personal? ¿Deviene inevitablemente un mundo gris dónde las ideas quedarán ocultas como un antiguo hallazgo arqueológico?

Es ahora cuando debemos volver a recordar que existen otros mundos allá donde no alcanzamos a divisar. Nos quejamos – ¡cómo si eso ya fuera a cambiar algo! – de que la “gente” –nunca uno mismo– está manipulada, no piensa... pero ¿qué hacemos? Parece que el verbo escribir perdió su significado hace tiempo y es nuestro deber devolvérselo. Hemos estado durmiendo, dejando que monstruos entrasen a oscuras en nuestra habitación y nos robasen las ganas de cambiar la realidad.

Es hora de despertar. Es hora de que las palabras que escribimos cobren vida gracias a la verdad que encierran. Saber escribir no es meramente combinar ciertas letras del abecedario de una lengua cualquiera, sino que son la inyección de una intención, un buen pensamiento, o un gran sentimiento. Se progresa en el aprendizaje de la escritura leyendo grandes libros y escribiendo durante mucho tiempo pequeñas cosas. El mayor problema del joven escritor es querer empezar la casa por el tejado. Esperar que por articular insignificantes sílabas florezcan versos perfectos inexistentes. El buen montañero sabe que no tiene sentido dejarse deslizar por la cuerda de un avión a la cumbre de la montaña. Justamente lo meritorio es el arduo recorrido que ha tenido que sufrir. Esos incontables pasos son los que le han otorgado una resistencia y una experiencia que nadie le puede arrebatar. Sabe la importancia que tiene la cima porque la ha saboreado con su esfuerzo.

Decidámonos a recoger el legado del pensamiento. Interpelemos a mentes deseosas de algo nuevo en sus vidas, “tempus fugit sicut ventus”. El futuro es nuestro, hagamos conscientes y partícipes a nuestros coetáneos antes de que los ideales se conjuguen en pasado. Empecemos por aprender... a leer, a pensar, a hacer de la escritura un arte. Aprendamos a reescribirnos y escribiremos la historia.


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