¿Recuerdas...?




Desde las historias para niños a las grandes batallas, fantasías muchas veces ambas, falacias de la vida todas. Las memorizamos, las repetimos y nos limitamos a asegurar que así ocurrió, aunque nadie estuvo para verlo, para asegurar que fue cierto. Estudiamos detalladamente hechos cronológicos, reseñas, fechas con anécdota, cuantificamos muertos, nos fiamos de la Historiografía, por su estudio detallado y preciso pero, sin embargo, nunca aprendemos de los errores que nos cuenta.

En otro ámbito diferente se encuentra la memoria. Las historias se recuerdan siempre como uno quiere, quita personajes e introduce pasajes inexistentes, graciosos o heroicos, todo vale. Vivimos físicamente en el presente, pero quizás más mentalmente en el pasado y el pasado es un tiempo endeble, moldeable al simple antojo. Lo manipulamos porque nos gusta construir historias para que todo aquello que nos preocupa quede explicado, dando igual la verdad, nos engañamos porque no soportamos la realidad. Siempre habrá razones para explicar todos los fracasos, justificaciones de porqué estamos donde estamos, de porqué queremos llegar más alto.

La memoria es un concepto psicológico individual, por eso relacionar Historia con memoria es insostenible. La memoria es intangible, deformable; la Historia objetiva se mantiene en un plano distinto es cruel porque es veraz, porque es real. Por ello la Historia debe permanecer en un plano distinto, en un plano objetivo, siendo el objeto a observar y no el observador.

Reabrir viejas heridas, levantar tumbas, desenterrar culpables, cuando la democracia está herida de muerte, cuando da gracias por su suerte, es no hacer caso de la Historia que aconseja ser prudente. Siendo pacientes vemos cómo la vida se la traga la historia, cómo la historia se la traga la vida. Y nosotros nos vamos con ella, por eso si sólo recordamos una parte del ayer, sólo cabe esperar que seamos parte del mañana que recordar, y no nos engañemos, recuerda más, no quien tiene más que recordar, sino quien tiene más tiempo para hacerlo. Todo pasará y quedará en el futuro el tiempo, que quizás haya aprendido a contar buenas historias, nunca lo sabremos.

Eterno presente


¿Futuro? ... El futuro es la espera del náufrago
A una contestación al papiro de su botella.
Para mí es algo todavía más incierto:
El futuro es despertarme a tu lado,
Y desear que el tiempo muera,
Que muera la ciudad allá fuera,
Que muera el viento y el mar,
Quedando en la corriente nuestras almas.

El futuro es esperar a caer para el fruto maduro.
Para mí es esperar chocar contra algún muro.
Que se vengan abajo las murallas,
Que nadie mire por las ventanas,
Hoy hará guardia la madrugada,
Pero que yo no vea en tu mirada
Que esta eventual noche se acaba,
Que no oiga de tus labios una palabra agonizada.


Limítate a quererme de una manera inconsciente.
Sin peticiones, ni esperas,
Sin exigencias, ni quejas.
Eterno presente que olvida el ayer
Para no acordarse del mañana.

La vocación de la escritura filosófica



Es fácil entender al filósofo cuando se compara con un enamorado. El amor no es menos que el deseo de seguir conociendo y de hacer los lazos de unión eternos, como ya dijimos. Por ello la escritura de la filosofía es sin duda una vocación. Pero no como la llamada de algo externo, sino como la llamada del sujeto mismo al sujeto externo para responder con un sí. Una vez oí decir a una preofesora que “se trata de que sólo estudien filosofía aquellos que tengan vocación, pero ninguno de los que tienen vocación debería dejar de estudiarla por cualquier factor externo” . ¿Qué sentido tiene saber algo uno solo? El conocimiento, como el amor, debe ser difusivo llevándonos al otro. Si la filosofía no nos lleva a escribir los pensamientos ¿dónde nos puede llevar? ¿A un mundo ideal? Aunque el conocimiento esté dentro de uno mismo no podemos girar siempre sobre nuestro eje.

El empeño de la escritura está frecuentemente marcada por una originalidad y una imaginación que suscitan admiración. La escritura, como testimonio del amor a la sabiduría, resulta especialmente eficaz cuando se comparte para que el mundo conozca. Nuestra relación con el mundo es el lenguaje; retrasando el aprendizaje de la escritura, retrasamos nuestro entendimiento de la realidad. El escritor tiene como utensilio la palabra y como don la imaginación para crear mundos. Lo mismo da que ésta palabra sea digital, que el pensamiento esté en un mundo electrónico. Escribir consiste en investigar desde el interior, urgando dentro del hombre, y transformar con ello el exterior.

Todo lo demás son sólo medios que debemos saber utilizar ya que hoy somos víctimas de la propaganda que impone una manera única de ver el mundo. El filósofo debe exponer la Verdad, desmantelando esta irrealidad No podemos temer la discusión, relegar el enfrentamiento crítico en favor de una mejor convivencia. No hacemos ningún favor. “Todo lo que se necesita es la disposición a aprender del interlocutor en la discusión, lo que incluye un deseo genuino de comprender lo que este quiere decir. Si hay esta diposición, la discusión será tanto más fructífera cuanto mayor sea la diferencia de punto de partida de los interlocutores”[1].

Lo más fácil en las noches oscuras, cuando uno sólo tiene una hoja en blanco o mil y una ideas; cuando uno se siente sobrepasado o angustiado, es rechazar la vocación, pero sólo ahí se descubre. En ese momento se traspasa el mero entretenimiento y queda la exigencia. Es una lacra pensar que lo mejor es aquello que no cuesta trabajo, que no necesita sacrificio constante. Rehuir este esfuerzo es traicionar la vocación y, por tanto, aquello que amamos; al Amor, escrito en mayúscula como el mayor de los universales. Aun así la vocación tiene ese algo de misterio y por eso no es extraño andar a trompicones en los primeros años del camino. No podemos encasillar nuestra mente, sino intentar alcanzar lo inalcanzable. ¡Cuántas tesis murieron en su índice y cuántas ideas brillantes no verán la luz!

¿Es que acaso intentarlo y no intentarlo es diferente si se obtiene el mismo resultado? ¿Qué diferencia hay entre escribir y no hacerlo si nadie nos lee? ¿Y entre pensar y no pensar? Lo intentado, lo escrito y lo pensado. Hay cosas que no tienen su importancia por el eco externo que reciban sino por la vibración interna que dejen. No vale con aparentar, con estar y no enterarnos, con quejarnos y no involucrarnos. No vale ni siquiera con que pensemos si no hacemos que otros piensen.

Aquí se encuentra la diferencia abismal entre apariencia y realidad. No es lo mismo el gerundio que el participio como dijo Cela. Cuando se tiene alma poética conviertes el amor y sobre todo el desamor en motivo de inspiración. “Leyendo a Dowtosky me di cuenta de que el mundo tenía habitaciones a las que nunca había entrado, que existían dolores que no había sentido”[2]. Cuando se tiene un alma filosófica conviertes el conocimiento y sobre todo la ignorancia en motivo de investigación. Por eso, de la misma manera que hemos hecho la comparación con el amor, podemos hacerlo con la amistad. Este camino no debemos andarlo solos. Quizá sea necesaria la soledad inicial, el momento de quietud y reflesión, pero eso sólo es el primer paso, y “se hace camino al andar”[3].

El mayor desarrollo de la razón el es que prosigue al diálogo y discusión con un amigo. Cada pensamiento, a su vez, es una nueva amistad en la que debemos profundizar. Que debemos cuidar, no vaya a ser que por olvido o descuido desaparezca. Tememos perder una idea, ver como una amiga se marcha, aunque sea a cámara lenta, porque sentimos en ese momento la posibilidad de que uno mismo pueda desaparecer. Y quizá, incluso después de entender porqué se marchan, no podemos evitar un desgarro en un pedacito del alma. Nos duele porque les cogemos cariño como a los amigos. Y lo hacemos, porque como ellos forman parte de nuestra vida.




[1] K. Popper. En busca de un mundo mejor.

[2] Juan Manuel de Prada, conferencia Reflexiones sobre la vocación de escritor.

[3] Antonio Machado, poema Caminante no hay camino.



Universalización del pensamiento crítico

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Tengo la impresión de que ya no soy yo quien escribe, sino que mis escritos me dominan y viven sin hacerles falta yo y no sé hasta qué punto me hace gracia esta independencia. Hay que ser cautelosos por que las palabras pueden ser plumas llevadas por el viento o convertirse en piedras pesadas sujetas al cuello. Una vez soltamos la correa no sabemos dónde van, pero ¿acaso el lenguaje se puede domesticar? Pues ¿qué son si no las reglas y normas de ortografía y gramática? Cada vez que nos olvidamos de éllas asestan pequeños latigazos que se ensañan con las inocentes palabras.

También nosotros recibimos esos fuertes arañazos que hieren los ojos cuando los leemos y que deberían doler en la mano al escribirlos. Pero no son estrictamente necesarios, de hecho esas reglas cambian en acuerdos de salón de intelectuales. Si el lenguaje es espontáneo ¿es la regla un encorsetamiento o tiene algo de vivo? No es sólo un convenio y si lo fuera, desde un punto de vista pragmatista, nos es útil para escribir y sobre todo para hacerlo bien.

Pero el lenguaje sólo es una premisa necesaria para empezar a escribir; luego se encuentran otras más o menos necesarias como las ideas. Parece bastante acertado afirmar que para escribir filosofía primero hace falta leer mucha filosofía, y poder proseguir asó por caminos trillados. Discutía estas fiestas con alguien que afirmaba lo contrario. Esta persona singularmente sorprendente, pero que no se dedicaba en absoluto a la filosofía, defendía la pureza del pensamiento. Para él, la lectura envenenaba el pensamiento y lo condicionaba. No se debería leer nada de un tema hasta forjar un pensamiento propio sobre él. El pensamiento, concluía, debería ir de dentro a fuera y no al revés.

¿Es esto posible? Al principio rechaze su argumento como simple, haciendo alarde de una arrogancia intelectual que finalmente derrumbó. En seguida me vino a la mente la frase de “enanos a hombros de gigantes” y por tanto ¡cómo se va a desarrollar el pensamiento sin lectura! Comte pudo cansarse pronto de leer, pero es quizá la excepción que confirma la regla. La filosofía sería vaga, no sabría por donde encaminarse y como las mentes excepcionales no proliferan demasiado volvería a tropezar en la misma piedra que sus predecesores. Finalmente me di cuenta de que la simple estaba siendo yo al no ver más hallá de sus palabras.

Claro que hay que leer ¡sólo faltaría no leer y querer que encima nos leyeran!, pero hay que hacerlo con mirada crítica. ¿Cuántas veces se abre un debate en la sociedad y antes incluso de parar a preguntarnos nuestra opinión acudimos a ver qué han dicho otros? Presentes o pasados, da igual, el problema al que estaba apuntando era el del libre pensamiento. Tenemos al alcance tantas opiniones que parece por un lado que todas valgan lo mismo y luego conduce a que no haya un pensamiento autónomo. Ese conformismo conlleva un atrofiamiento de la razón muy difícil de superar.

No sólo tenemos que acostumbrarnos a forjar y defender pensamientos propios forjados en la reflexión, sino que de alguna manera debemos dar los recursos para que otros hagan lo mismo. Una sociedad globalizada no significa unificación de pensamiento, de conciencia o de comportamiento. No percatarse de ese detalle es el que está dejando que el relativismo tenga tanto auge. Realmente no somos nadie y nos creemos lo más. En la Edad Media encontramos filósofos-teólogos. En la Edad Moderna ocuparon su lugar los filósofos-científicos. Sólo en la Edad Antigua encontramos más filósofos-filósofos. Hoy en día todo el mundo, como ese alguien, cree ser un pequeño filósofo menos los que se supone que pretendemos serlo.


Aprender a reescribirse



Hoy escribo estas palabras turbada por la sociedad, por el pensamiento juvenil, por las metas y los sueños que han ido degenerando y perdiendo su valor con el paso de los años. Es verdad que es una época difícil en la que reina la confusión, y nuestras mentes andan pululando en un mundo imaginario en el que sólo importa la superficie de la superficialidad. En el que parece inevitable perder el tiempo todavía más inútilmente si cabe, en estúpidos juegos o nuevas tendencias que no llegan a satisfacer nunca nuestra necesidad apetitiva.

Es entonces cuando la monotonía recoge su cetro de poder y reina nuestras prodigiosas vidas, que, demacradas por un mundo repetitivo, van perdiendo poco a poco las los frenos de nuestros carruajes conduciendo hacia una trágica caída por un precipicio . Sin darnos cuenta, nos convertimos en personas muertas, con falta de vivacidad y movimiento y más hundidas en la ineficacia, donde aun las lúcidas conciencias no aprovechan las oportunidades que se les presentan. ¿Quién conoce el propósito de ese virus llamado “conformismo” que ronda por las mentes de jóvenes de hoy en día? ¿Existe la “aspirina” perfecta para la falta de imaginación, genialidad y emotividad personal? ¿Deviene inevitablemente un mundo gris dónde las ideas quedarán ocultas como un antiguo hallazgo arqueológico?

Es ahora cuando debemos volver a recordar que existen otros mundos allá donde no alcanzamos a divisar. Nos quejamos – ¡cómo si eso ya fuera a cambiar algo! – de que la “gente” –nunca uno mismo– está manipulada, no piensa... pero ¿qué hacemos? Parece que el verbo escribir perdió su significado hace tiempo y es nuestro deber devolvérselo. Hemos estado durmiendo, dejando que monstruos entrasen a oscuras en nuestra habitación y nos robasen las ganas de cambiar la realidad.

Es hora de despertar. Es hora de que las palabras que escribimos cobren vida gracias a la verdad que encierran. Saber escribir no es meramente combinar ciertas letras del abecedario de una lengua cualquiera, sino que son la inyección de una intención, un buen pensamiento, o un gran sentimiento. Se progresa en el aprendizaje de la escritura leyendo grandes libros y escribiendo durante mucho tiempo pequeñas cosas. El mayor problema del joven escritor es querer empezar la casa por el tejado. Esperar que por articular insignificantes sílabas florezcan versos perfectos inexistentes. El buen montañero sabe que no tiene sentido dejarse deslizar por la cuerda de un avión a la cumbre de la montaña. Justamente lo meritorio es el arduo recorrido que ha tenido que sufrir. Esos incontables pasos son los que le han otorgado una resistencia y una experiencia que nadie le puede arrebatar. Sabe la importancia que tiene la cima porque la ha saboreado con su esfuerzo.

Decidámonos a recoger el legado del pensamiento. Interpelemos a mentes deseosas de algo nuevo en sus vidas, “tempus fugit sicut ventus”. El futuro es nuestro, hagamos conscientes y partícipes a nuestros coetáneos antes de que los ideales se conjuguen en pasado. Empecemos por aprender... a leer, a pensar, a hacer de la escritura un arte. Aprendamos a reescribirnos y escribiremos la historia.


El horizonte del filósofo


El horizonte es ese punto lejano que muestra el final pero que siempre se puede traspasar. ¿Dónde está el final en la vida intelectual? Lo primero que hace falta para la reflexión es un principio de conocimiento, y para ello un momento de quietud, de silencio, de atención. Es necesario cerrar los ojos para descubrir un mundo nuevo, con el que siempre habías convivido pero en el que ahora te paseas y husmeas en las esquinas. Deseas llegar a todos los recovecos, y como si de piedras preciosas se tratasen vas regalando los descubrimientos, consciente del gran valor que encierran, consciente de que no todos se percataran de su brillo.

No es muy diferente investigar en filosofía de conocer a una persona. Primero la conoces por fuera, sus rasgos físicos y más superficiales. Te fijas en sus ojos, en su sonrisa. Te interesas por su vida, por su pasado, por sus planes de futuro. Se abre en confianza y descubres el momento en el que ya no es necesario hablar, y entonces como si de magia se tratase unos lazos más allá de ambos unen inseparablemente. Con el conocimiento de la filosofía ocurre lo mismo, uno cuando se enamora desea seguir conociendo más, desea que esos lazos no se rompan, sino que se hagan eternos. Esta unión con la filosofía es lo que completa la vida del filósofo, por no decir que es su vida entera. El filósofo es un enamorado del saber y de la vida, que sólo intenta que los demás se enamoren también.

¿Cómo conseguir ser unos cupidos filosóficos? ¿Cómo hacer comprensibles todas las investigaciones? Las reglas son simples, decir lo que pensamos con espontaneidad, pensar lo que vivimos a través de la reflexión y vivir lo que decimos con el corazón[1].El juego es más difícil pero sólo gana el que busca la verdad, para él y para hacerla llegar a todos, por muy arduo que sea el camino. Sólo quien no se pierda en su búsqueda creyendo encontrar algo de más valor podrá entregar novedad al mundo. Sólo quien está en la cúspide no necesita hacer juicios de valor para demostrar su altura, su profundidad, su sabiduría. Si el filósofo no tiene en cuenta la relevancia humana, poniendo más esfuerzo en el rigor que en no caer en el error, su trabajo será infructuoso y superficial.

Pero para no incurrir en la falsedad se necesita una metodología filosófica. Un ansia por no dejar de aprender, por estar abiertos a cambiar de opinión, por mejorar nuestras argumentaciones y aumentar nuestro rigor sin creer que ya lo sabemos todo. Adquirir la ética del intelecto nos obligará casi con un mandato moral a no abandonar la investigación y al mismo tiempo a no perdernos en el tiempo en la espiral de los problemas. Rápidos pero sin prisa conseguiremos dar la categoría de filosofía a nuestros análisis más cotidianos, abriendo a miles de observadores dormidos sus ojos a la esencia de lo ordinario.

¿Cómo conseguirlo si ni siquiera lo creemos? El amor verdadero sólo con su descripción atrae a todo el que esté atento. Si la filosofía es nuestra vida tenemos un compromiso con ella que nos ayuda a mejorar, a buscar el perfeccionamiento, que no la perfección. Creer en nosotros y creernos lo que hacemos, sin falsas humildades, sin ocultas vanidades es el único secreto para que los demás crean en uno. Con trabajo, porque no hay otra manera, conseguiremos ser magnánimos, disfrutar más con pequeños placeres, con descubrimientos que serán grandiosos. La imaginación se valdrá de nosotros para llevar a cabo su creatividad, para escribir sin tregua.

Una vez se ha emprendido el camino filosófico es imposible dar media vuelta. Se trata de un camino placentero acompañado por la lectura y la escritura, por la conversación y la imaginación, por la preocupación y la felicidad hasta llegar más lejos de lo que ahora vemos como horizonte.


[1] J. Nubiola, El taller de la filosofía

Del qué al porqué por encima del cómo

¿Por qué? es la pregunta más flexible cuando no se sabe bien lo que se quiere preguntar.
El porqué es un eficaz sucedáneo del qué, del cómo y del para qué.

El qué es el lenguaje, el cómo es ciencia, el para qué es tecnología y el porqué es, quizá, filosofía.
La tendencia de los niños es pasar directamente del qué al porqué, es decir, del lenguaje a la filosofía.

¿Qué es el porqué? Quizá el último de los cómos disponibles.
¿Qué es el para qué? Sólo uno de los porqués.

El qué del para qué y del porqué tienen su cómo.
El qué del cómo y el qué del porqué tienen su para qué.

(A más cómo, menos porqué. Jorge Wagensberg)

El para qué de este blog es examinar los porqués que se vayan planteando al pensamiento, los cómos que aparezcan en el conocimiento, el qué que se plantea todo hombre en la vida.


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